La experiencia de nuestro país en recibir ayuda internacional, incluyendo de EE.UU, es amplia y constructiva. Cualquier donante puede dar fe de esa realidad.
Si verdaderamente hay disposición del gobierno estadounidense a brindar ayuda en los montos que anuncia y en plena conformidad con las prácticas universalmente reconocidas para la ayuda humanitaria, no encontrará obstáculos ni ingratitud de parte de Cuba, por muy inconsecuente y paradójico que resulte el ofrecimiento a un pueblo que, de modo sistemático y despiadado, el propio gobierno estadounidense castiga colectivamente.
Las prioridades son más que evidentes: combustibles, alimentos y medicinas.
Por cierto, podría aliviarse el daño de un modo más fácil y expedito con el levantamiento o alivio del bloqueo, pues se conoce que la situación humanitaria es fríamente calculada e inducida.
Nuestra experiencia de trabajo con la Iglesia Católica es rica y productiva.
