Por Orestes Hernández.
El aire en la sala de la Embajada de Cuba no era el aire del Caribe, sino el del Río de la Plata, cargado de un calor familiar. Encontrarse con compatriotas que han echado raíces en otras tierras es siempre un ejercicio especial: un espejo que refleja matices de la identidad lejos de casa.
No fue una tarde protocolar. Fue una conversación, extensa y fluida, que se extendió por casi dos horas. Los asistentes: un grupo de cubanos residentes en Uruguay, un mosaico de la propia vida. En el encuentro había personas que llegaron hace décadas y quienes lo hicieron hace unos años o meses. En el grupo se juntaron profesionales de la prensa, artistas, emprendedores, jubilados. Se escucharon historias tejidas desde provincias distintas de la Isla y ahora desde diversos rincones de esta nación suramericana.
Escuchar pareceres fue captar la compleja textura de la emigración.
Y primero, como el deber ineludible, se guardó un minuto de silencio en tributo a los 32 combatientes cubanos muertos en combate en la reciente agresión de EEUU a Venezuela.
Luego se habló de añoranzas. De ese olor a mar y tierra mojada después de un aguacero que no se encuentra en otra parte. La nostalgia era un personaje silencioso, asomándose en los recuerdos de un barrio, un plato, una música.
Pero junto a esa punzada, surgían las insatisfacciones y los análisis, propios de quien mira a su tierra con la perspectiva que da la distancia. Opiniones diversas, preguntas sobre el presente y el futuro.
En medio de esa diversidad de experiencias y visiones, emergió, con una fuerza conmovedora, un consenso fundamental: el amor por Cuba, preocupado siempre, pero profundo e irrenunciable. Se expresó una solidaridad inquebrantable con la Isla, especialmente al mencionar las dificultades y las amenazas que, señalaron, provienen del persistente bloqueo del gobierno de Estados Unidos. No hubo un discurso ensayado, sino la convicción de quienes, desde fuera, sienten cada presión como propia.
El diálogo dejó claro algo esencial: más allá de las diferencias legítimas, de los caminos personales elegidos o forzados, persiste la certeza de que la familia cubana –la de la sangre y la de la nación– es un vínculo indestructible. Y que defender la soberanía y la independencia de la Patria común sigue siendo, para ellos desde Uruguay, lo más importante.
Al despedirnos, el abrazo era más fuerte que un simple saludo. No era el de quienes se ven por primera vez, sino el de quienes, tras reconocerse en el mismo sentimiento, confirman que Cuba viaja en el corazón de su gente buena y se reúne, vibrante y esperanzadora, en una sala de Montevideo.
