Opinión
Por Carlos Ernesto Rodríguez Etcheverry
Embajador de Cuba ante San Vicente y las Granadinas
El endurecimiento del bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba una vez más coloca a la isla en el centro de un enfrentamiento que, lejos de ofrecer soluciones, profundiza el sufrimiento de millones de familias cubanas. La reciente orden ejecutiva firmada por el presidente Donald Trump el 29 de enero de 2026 marca un nuevo capítulo en esta política de asfixia económica que durante más de seis décadas ha buscado doblegar la voluntad de un pueblo.
La medida, presentada bajo el argumento de "presionar por el cambio", en la práctica refuerza las restricciones financieras, limita aún más las transacciones internacionales y endurece las sanciones contra terceros países y empresas que mantienen vínculos con Cuba. No es una acción aislada, sino la continuación de una estrategia destinada a intensificar las escaseces, obstaculizar el acceso al combustible, los alimentos, las medicinas y las tecnologías esenciales, y fomentar la desesperación.
El impacto real: las familias cubanas
Más allá de los discursos políticos, el efecto tangible de estas medidas se siente en los hogares cubanos. Cada nueva sanción complica la llegada de suministros médicos, aumenta el costo de los alimentos importados y socava la estabilidad energética. Las largas horas sin electricidad, la incertidumbre en el transporte y las limitaciones en el acceso a ciertos bienes no son estadísticas; son realidades cotidianas.
Las nuevas disposiciones adoptadas por Washington, al restringir aún más los flujos financieros y comerciales, agravan una situación económica ya compleja. El objetivo declarado puede ser político, pero el impacto es profundamente humano. Las madres, los ancianos, los niños y los trabajadores asumen el costo inmediato.
Amenazas y retórica de confrontación
Junto con la orden ejecutiva, el presidente Trump ha reanudado una retórica de amenazas hacia Cuba, condicionando cualquier flexibilización de las medidas a cambios unilaterales en el sistema político de la isla. Esta postura no sólo ignora el principio de no intervención, sino que también insiste en fórmulas que históricamente han fallado.
La presión pública, las advertencias y el lenguaje de imposición no contribuyen a crear confianza.
Más bien, reafirman la naturaleza coercitiva de una política que ha sido condenada año tras año por la comunidad internacional en foros multilaterales.
Cuba reitera su voluntad de dialogar
En este contexto, el Gobierno Revolucionario y el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba han reiterado una posición clara: Cuba está dispuesta a entablar un diálogo con Washington, pero sobre la base de la igualdad soberana, sin condiciones, sin presiones y con respeto mutuo. La soberanía no es negociable, ni se puede usar como moneda de negociación en la mesa de negociaciones.
Esta posición no es nueva. Cuba ha demostrado en múltiples ocasiones su voluntad de avanzar en áreas de interés común cuando hay respeto recíproco. Lo que rechaza es la lógica de las amenazas como herramienta diplomática.
Cuba no está sola
A pesar del endurecimiento del bloqueo, Cuba no enfrenta este momento en aislamiento. Numerosos gobiernos, organizaciones sociales y movimientos de solidaridad en América Latina, el Caribe, Europa y otras regiones han expresado su rechazo a las nuevas medidas y su apoyo al pueblo cubano.
Las expresiones de solidaridad han sido tanto políticas como materiales: donaciones de alimentos, suministros médicos, cooperación energética, apoyo en organizaciones internacionales y declaraciones públicas defendiendo el derecho de Cuba a desarrollarse sin interferencias externas.
Esta solidaridad confirma que el aislamiento no pertenece a Cuba, sino más bien a una política que muchos consideran obsoleta e ineficaz.
Una encrucijada histórica
La orden ejecutiva del 29 de enero de 2026 no acerca las soluciones. Reafirma una estrategia de presión que, lejos de promover la comprensión, profundiza las tensiones y multiplica las dificultades. Sin embargo, también pone de relieve una vez más la resiliencia del pueblo cubano y su determinación para defender su soberanía.
El camino hacia una relación diferente entre La Habana y Washington requiere necesariamente respeto mutuo. La historia muestra que la coerción no ha roto la voluntad de Cuba, pero el diálogo podría abrir una oportunidad real. Mientras tanto, las familias cubanas siguen enfrentando dificultades con dignidad, sostenidas no sólo por su propia fuerza, sino también por la solidaridad internacional que reafirma una verdad esencial: Cuba no está sola.
