Managua,10 de abril : En el escenario internacional contemporáneo, donde el poder suele medirse en términos económicos, tecnológicos o militares, la experiencia de Cuba invita a reflexionar sobre otra dimensión menos visible pero profundamente transformadora: el poder moral. Este no se expresa en la acumulación de riqueza, sino en la capacidad de un pueblo para convertir sus valores en acciones concretas al servicio de la humanidad. Hablar de Cuba como potencia moral implica comprender una trayectoria histórica en la que la dignidad, la solidaridad y el compromiso social han sido elevados a principios rectores. Desde la lucha independentista inspirada por José Martí, quien concibió la patria como expresión de humanidad, hasta la proyección internacional contemporánea, el hilo conductor ha sido la convicción de que la justicia no puede limitarse a las fronteras nacionales.
El internacionalismo médico y científico:
Uno de los ejemplos más emblemáticos de esta vocación es el internacionalismo médico. Desde 1963, cientos de miles de profesionales de la salud cubanos han trabajado en más de un centenar de países, atendiendo a poblaciones que, en muchos casos, carecían de acceso básico a servicios médicos. La creación de la Brigada Henry Reeve consolidó esta práctica como política estructurada de respuesta ante desastres y epidemias. No se trata únicamente de asistencia inmediata, sino de transferencia de conocimientos, formación de personal local y fortalecimiento de sistemas de salud.
Una de sus expresiones más sólidas radica en el ámbito científico. En este plano, la ciencia deja de ser un instrumento exclusivamente económico o tecnológico para convertirse en una herramienta de dignidad humana, justicia social y solidaridad internacional. Desde los primeros años posteriores al triunfo revolucionario, el desarrollo científico fue concebido como un pilar estratégico de la soberanía. A diferencia de modelos dependientes, Cuba apostó por la formación masiva de capital humano y la creación de instituciones científicas propias, incluso bajo condiciones de bloqueo económico.
Este enfoque permitió estructurar un sistema donde la investigación científica no responde únicamente a la lógica del mercado, sino a necesidades sociales concretas: salud pública, prevención epidemiológica, producción de medicamentos y desarrollo biotecnológico accesible. Uno de los mayores logros es la consolidación del llamado polo científico de La Habana, donde destacan instituciones que han desarrollado vacunas, tratamientos contra el cáncer, medicamentos innovadores y tecnologías médicas con un enfoque profundamente humanista. Un ejemplo paradigmático fue el desarrollo de vacunas propias contra el COVID 19 (como Soberana y Abdala), en un contexto de limitaciones materiales. Más allá del logro técnico, este hecho evidencia una voluntad ética: proteger la vida de su población sin depender de intereses corporativos globales.
La educación:
Ésta constituye otro pilar de su categoría de potencia moral. La Campaña Nacional de Alfabetización de 1961 no solo erradicó el analfabetismo en la isla en un tiempo récord, sino que se convirtió en referente internacional. Programas como “Yo, Sí Puedo” han permitido que millones de personas en diversos países aprendan a leer y escribir, ampliando horizontes de dignidad personal y participación social. La fundación de la Escuela Latinoamericana de Medicina ha extendido este principio al ámbito de la formación profesional, graduando médicos de más de cien países con una visión humanista del ejercicio de la medicina. En el plano doctrinario, la ciencia cubana encarna una idea profundamente martiana: el conocimiento debe estar al servicio de la dignidad humana. En la tradición del prócer José Martí, el saber no puede desvincularse de la justicia. Esto contrasta con modelos donde la innovación científica se subordina al lucro o a la competencia geopolítica. En el caso cubano, la ciencia adquiere un carácter moral porque (I) prioriza la vidasobre el mercado; (II) democratiza el acceso al conocimiento; (III) se orienta al bienestar colectivo y (IV) se ejerce con vocación solidaria internacional.
La disciplina deportiva:
El deporte, por su parte, revela otra dimensión del compromiso colectivo. Con másde doscientas medallas olímpicas, Cuba ha demostrado que el talento, cuando se articula con disciplina, acceso universal y sentido de pertenencia, puede trascender limitaciones materiales. El atleta no es solo un competidor; es un símbolo de esfuerzo compartido y de identidad nacional proyectada al mundo. El rendimiento deportivo está profundamente vinculado a la educación, la salud pública, la ciencia aplicada y la justicia social. En Cuba, el deporte ha sido concebido como un derecho del pueblo y como un instrumento de dignidad nacional. La revolución transformó al deporte desde ser una actividad elitista para convertirse en un sistema masivo. La institucionalización a permitió democratizar el acceso y vincular el deporte con la educación integral. Este enfoque ha generado una base amplia de talento, donde niños y jóvenes son identificados, formados y acompañados bajo un sistema que combina disciplina, valores y desarrollo humano. El éxito deportivo cubano se sustenta en una articulación rigurosa entre ciencia y entrenamiento. Cuba ha desarrollado una identidad deportiva sólida en disciplinas específicas: (I) Boxeo; (II) Atletismo; (III) Lucha y (IV) Béisbol.
Solidaridad cimentada en valores:
La solidaridad cubana no está exenta de debates y análisis críticos en el ámbito internacional. Existen interpretaciones diversas sobre sus implicaciones económicas y políticas. No obstante, desde una perspectiva doctrinaria, su rasgo distintivo radica en la continuidad de una práctica que vincula valores con acción, discurso con política pública y formación profesional con servicio social. Para la juventud, esta experiencia plantea una enseñanza esencial: el verdadero poder no reside únicamente en los recursos, sino en la capacidad de orientar el conocimiento, el talento y la voluntad hacia el bien común. La potencia moral se construye cuando la ética deja de ser abstracta y se convierte en práctica cotidiana.
Cuba y Nicaragua:Simbiosis entre revoluciones
La relación entre las revoluciones se trata de una simbiosis histórica, ideológica y práctica, donde ambas experiencias se nutren mutuamente en la construcción de soberanía, justicia social y dignidad nacional en América Latina. Tienen como raíz común el antiimperialismo y la dignidad nacional. Ambos procesos emergen como respuesta a estructuras de dominación. En ambos casos, la conquista del poder popular inició una transformación con nuevo sentido y visión de nación. Cuba ha distinguido su Solidaridad en las áreas de educación, salud y defensa; colaborando en la década de los 80 gratuitamente; con maestros, médicos y asesores en producción azucarera. Otorgó becas completas a miles de estudiantes de secundaria, carreras técnicas, universitarias, especialidades. Ellos atendieron a miles de enfermos nicaragüenses y sus acompañantes incluyendo boletos aéreos, alojamiento y comida en distintos tratamientos hospitalarios con mucho amor. Un barco mensual venía con la provisión para toda la costa atlántica que tenía limitaciones logísticas y por la guerra. Cuba donó petróleo de sus reservas. Su solidaridad no se puede medir, se quitó de la boca su pan para compartirlo con los nicaragüenses. Este acompañamiento nos permitió avanzar rápidamente en indicadores sociales clave, replicando en parte la experiencia cubana de universalización de servicios. La solidaridad se convirtió en práctica estructural. Ambos procesos han enfrentado presiones externas, conflictos políticos y desafíos económicos. En ese contexto, la relación Cuba–Nicaragua ha sido también una alianza de resistencia. La cooperación, además de técnica, ha sido profundamente política: defensa del derecho de los pueblos a decidir su propio destino.
Dignidad frente al bloqueo, sanciones y amenazas:
La idea de Cuba como potencia moral no puede comprenderse sin considerar las adversidades enfrentadas. A lo largo de décadas, Cuba ha desarrollado su modelo social en un contexto de restricciones económicas y tensiones geopolíticas. Lejos de anular su proyección solidaria, estas condiciones han reforzado una narrativa de coherencia ética: compartir incluso desde la limitación. Esta lógica desafía la noción convencional que solo quien posee abundancia puede ofrecer ayuda. En un mundo marcado por desigualdades persistentes, crisis sanitarias y desafíos globales compartidos, ser potencia moral adquiere relevancia renovada. No se trata de idealizar ni de simplificar procesos históricos complejos, sino de reconocer que existen formas de influencia basadas en la solidaridad, la cooperación y la dignidad humana. Cuba, en este sentido, representa una experiencia singular: la de un país que ha buscado proyectar su identidad no solo a través de su historia política, sino mediante el servicio a otros pueblos. Su legado invita a repensar los criterios con los que se mide la grandeza de una nación y a considerar que, en última instancia, el mayor poder es aquel que contribuye a elevar la condición humana. Cuba es el referente moral del mundo multipolar que este año celebra el centenario del nacimiento de Fidel, máximo representante de ése poder popular. Viva Cuba !!!
Managua, 9 de abril de 2026
Xavier Díaz-Lacayo Ugarte
Especialista en Políticas Públicas
