A Cuba se le apoya amándola, haciendo en función de ella desde la ternura de saberla madre e historia, techo y cuna, contexto de tu vida y de los tuyos; desde el tino de obrar como se demanda en cada momento.
Nada de lo anterior se logra sin fe, determinación y valor. Esa trinidad la concede la propia Patria, si la respaldas. No se le ofrece a pusilánimes, quejicas, a quienes siempre anteponen el yo por encima del sentido mayor de nación: arco que también los engloba, modifica y reafirma, aunque no sean estos capaces de entenderlo.
A Cuba ahora, en medio de la Tarea Ordenamiento, a las puertas del VIII Congreso del Partido, 60 años después de Girón y de la primera derrota del imperialismo en América, se le demuestra amor aportando y no restando; al comprender y no entorpecer, al encauzar y no cerrar. Como lo hacen millones de hijos de este país, cada día, por una causa que, en el caso nuestro, se relaciona literalmente con la supervivencia, porque anexión significa anulación, estrangulación, fin.
A Cuba se le ama al ejecutar lo acordado, tal cual, sin interpretaciones intermedias o personales, que deforman sentidos, a cuanto se razonó, de la forma más previsora, científica e integral, a nivel de país.
A Cuba se le lastima al hablar sin fundamento sobre temas sobre los cuales el emisor no ha podido o no ha querido obtener la información confiable, y prefiere creer todo cuanto proviene de fuentes no fidedignas o malintencionadas, dirigidas a sembrar confusión, división e incertidumbre.
Este país es de hombres y mujeres curtidos en el fuego de siglos. Los problemas se resuelven en la vida real –con amor, con valor, con los actos del día a día–, nunca figurando. Decía Martí: «Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y deshacen».
Hay principios y valores que, sin importar el lugar donde nacemos y nos formamos como seres sociales, tienen carácter universal, y eso ya es otra arista del fenómeno. Hay una diferencia entre el citado nacionalismo (extremo), y el que un mandatario justifique con él un «supuesto» derecho a intervenciones militares, o a mover, como fichas de ajedrez, los componentes de geopolítica mundial.
Que una persona defienda los principios y valores en los que cree, desde una postura de diálogo y coexistencia pacífica, es entendible, respetable y constituye, además, un derecho. Sin embargo, cuando hay seriedad en la postura de disentir, nadie tiene por qué denigrarse y llegar al más bajo estatus de la condición humana que implica ponerle precio a su dignidad.
Si algo está claro en este mundo es que quienes se respetan a sí mismos y, por ende, son consecuentes con su manera de pensar, no se ven nunca en la disyuntiva del saber cuánto pagan si digo o hago esto o aquello. Los ideales verdaderos no tienen precio. Cuando una persona vende su conciencia se convierte a sí mismo en objeto de uso del que paga, y solo tendrá valor mientras sea útil; después será olvidado y, como maquinaria descompuesta, lanzado al depósito de las miserias humanas.
Demostrado está que, en Cuba, los espectáculos circenses están reservados para las carpas y los talentosos artistas que, con esfuerzo y sacrificio, deleitan al público. Hay tanta calidad en esos espacios, que las malas imitaciones no llaman la atención de nuestro pueblo, y los frustrados protagonistas deben aplaudirse entre ellos mismos.
Respétese primero quien quiera ser respetado, es ese el más elemental de los principios. Junto a él vienen la dignidad, el reconocer nuestro propio valor como seres humanos (que no se cuenta en
metálico), el coexistir como seres sociales y actuar acorde con las disposiciones éticas y legales que rigen esa convivencia.
Quien se acuesta siendo alguien y se despierta con otra identidad (bajo la mágica acción de algún «incentivo» material), es porque jamás tuvo firmeza de ideales, porque ha vivido como péndulo recostado allí donde la sombra le beneficie. Es esa persona que no camina con sus propias piernas, sino que deja arrastrar su ideología, que no es de derecha, ni de izquierda, ni siquiera «centrista», sino una especie de pedazo de metal que se prende al imán del poder.
Todo ser pensante se cuestiona cosas, sabe que las transformaciones son parte indispensable del decursar del individuo y la sociedad, entiende que toda obra es perfectible. Precisamente por eso, si tiene un claro sentido común, si tiene principios, pone sus ideas en favor del bienestar colectivo; no critica con el ánimo de pisotear lo que se ha hecho, sino de contribuir a hacerlo mejor; no se regodea con los problemas de su país para ganarse una extranjera palmada en el hombro, se empeña en resolverlos.
Quien tiene conciencia plena de las realidades del presente no asume posturas oportunistas, no duerme en un colchón de mentiras, no promueve el descontento ni crea oportunidades para subvertir el orden.
Sinceramente creo que en el mundo cada vez son menos los confundidos. Hay demasiadas razones como para no saber de qué lado está lo justo, aunque muchos, de manera hipócrita, se nieguen a reconocerlo y, lamentablemente, otros les sigan el juego.
Los tiempos que corren no son de ambivalencias. Tomar partido es necesario hasta en los marcos más estrechos de nuestra individualidad, y eso va, incluso, más allá de connotaciones políticas. Se trata de reconocernos en la persona que elegimos ser, para que el tiempo no nos obligue a avergonzarnos.
Cada quien es plenamente responsable de las consecuencias de sus actos y, por tanto, de nada sirve empeñarse en la búsqueda de un respaldo colectivo para aquello que no tiene justificación posible, y que deliberadamente hacemos con plena claridad de los códigos que violamos.
Cuando eso sucede, las motivaciones reales de quienes cometen tales actos quedan al descubierto de manera inmediata, porque no existen convicciones reales.
Quien verdaderamente hace honor a sus principios, a los valores en los que cree, a lo que considera justo, no permite nunca que la ambición le corroa esos puntales, no los negocia ni se enferma de prepotencia y cinismo.
Si, por conveniencia, se abraza cualquier bandera, da igual el país, la sociedad, o las circunstancias en que se viva porque, lamentablemente, ya la esencia del ser se habrá perdido.
