Dos hombres, dos tiempos y un destino común

Antonio Maceo Grajales-Ernesto Guevara de la Serna

Quiso el azar que un 14 de junio se unieran las historias de dos hombres que abrazaron los ideales de la independencia, de la dignidad humana y la justicia.

Antonio Maceo, nacido en el año 1845 y de estirpe combatiente, fue el primogénito del matrimonio de Marcos Maceo y Mariana Grajales, quienes aspiraban a la abolición de la esclavitud y a la libertad de Cuba, a la cual ofrendaron toda su familia.

Desde su incorporación a la Guerra de los Diez Años, Maceo participó en más de 60 acciones militares y, debido alímpetu y bravura con que enfrentó al enemigo, así como a las heridas recibidas en campaña fue reconocido como el Titán de Bronce.

Pero de su carácter intransigente una de las demostraciones más memorables fue la Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de 1878. En Mangos de Baraguáno solo se detuvieron las pretensiones del general español Arsenio Martínez Campos con el deshonroso Pacto del Zanjón, sino que se reafirmó la continuidad de la lucha independentista ante toda la Isla y el continente.

Y esa voluntad de morir o vencer fue recogida en una breve constitución aprobada por los patriotas allí reunidos, quienes formaron el Gobierno provisional de Oriente para llevar adelante la contienda.

Como muchos otros luchadores, Maceo estuvo en el exilio después del fracaso de la Guerra Chiquita y durante ese período transitó por República Dominicana, Jamaica, Honduras y Costa Rica. Sin embargo, no fue esta una etapa de inactividad, sino dedicada a la conspiración y a organizar expediciones.

Hacia 1884, cuando residía en tierra hondureña, supo que algunos hacendados en Cuba, temerosos de que pudieran afectarse sus intereses particulares si estallaba una guerra, impulsaban gestiones para la anexión de la Isla a Estados Unidos, por lo cual escribió una carta a José Dolores Poyo, director del periódico El Yara, en Cayo Hueso, en la que afirmaba:

"Cuba será libre cuando la espada redentora arroje al mar (a) sus contrarios (...) Pero quien intente apropiarse de Cuba recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, sino perece en la lucha".

Estas ideas no solo expresaban su compromiso irredento con la libertad de su país, sino la convicción de que nunca podría verse sometido por una potencia extranjera.

En julio de 1896 redactó otra misivadesde su campamento en El Roble donde dice al coronel Federico Pérez Carbó:

"De España jamás esperé nada; siempre nos ha despreciado, y sería indigno que se pensase en otra cosa. La libertad se conquista con el filo del machete, no se pide; mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos. Tampoco espero nada de los americanos; todo debemos fiarlo a nuestros esfuerzos; mejor es subir o caer sin su ayuda que contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso".

Hijo de otra época pero con un pensamiento avanzado y similar espíritu indoblegablefue Ernesto Guevara de la Serna, el Ché para sus compañeros de lucha y el guerrillero conocido en América Latina por su papel protagónico en la Revolución cubana y por su paradigma internacionalista en otras tierras de nuestro continente y del mundo.

Nació en Rosario, Argentina, en el año 1928. De la mano de sus padres, Celia y Ernesto, se convirtió en un voraz lector de Marx, Engels y Freud.

Todo ello constituyó la simiente para que el joven Guevara rechazara la pretensión de la democracia parlamentaria y partidista, así como a la oligarquía capitalista, preludio de su sentimiento antimperialista.

A raíz de sus frecuentes ataques de asma realizó sus estudios en Medicina, en la Universidad de Buenos Aires. Su interés por tratar enfermedades y conocer otros parajes lo condujo al norte de Argentina, donde por primera vez estuvo en contacto con los pobres y los pocos sobrevivientes de las tribus originarias.

En 1951, después de tomar sus penúltimos exámenes, inició junto a su amigo Alberto Granados un viaje mucho más largo que lo conduciría a Chile, Perú, Colombia, Venezuela y Miami.

Después de su graduación, en la especialidad de dermatología, se fue a La Paz, Bolivia y luego a Guatemala, donde conoció a Hilda Gadea, una marxista de ascendencia aborigen que afianzó su educación política y le presentó a Nico López, integrante del Movimiento 26 de julio.

Los moncadistas exiliados en México se refugiaban en casa de la luchadora María Antonia González. Allí el Che conoció a Fidel y tras horas de diálogo con él se enroló en la futura expedición para derrocar a la tiranía batistiana.

De su encuentro con Fidel comentaría:

“Charlé con Fidel toda una noche. Y al amanecer ya era el médico de su futura expedición. En realidad, después de la experiencia vivida a través de mis caminatas por toda Latinoamérica, no hacía falta mucho para incitarme a entrar en cualquier revolución contra un tirano, pero Fidel me impresionó como un hombre extraordinario. Las cosas más imposibles eran las que encaraba y resolvía”.

Al triunfo de la Revolución, el Che organizó y dirigió el Instituto Nacional de la Reforma Agraria para implementar las nuevas leyes agrarias, formó parte del Departamento de Industrias y se desempeñó como Presidente del Banco Nacional de Cuba.

En la primera etapa del gobierno revolucionario se le recuerda como el iniciador de los trabajos voluntarios, en su faceta de economista durante conferencias internacionales y como diplomático a favor de la causa independentista de los pueblos, especialmente de los africanos.

De este modo, en su discurso ante el Consejo de la ONU en Nueva York, el 11 de diciembre de 1964, Guevara señaló la responsabilidad de la organización en el asesinato de Patricio Lumumba y la ayuda que brindó para poner a Tshombe como presidente del Congo, quien recibió también apoyo belga para intentar dividir el país.

“Toda la gente libre del mundo debe estar preparada para vengarse del crimen de Congo”, afirmó.

Después de esa intervención en Naciones Unidas realizó un extenso periplo por el continente africano en el que se entrevistó con dirigentes revolucionarios de diferentes países de esa región, y que determinó su lucha internacionalista en el Congo.

Su andar guerrillero terminó en Bolivia, en la lucha que allá se libraba. Mientras Estados Unidos apertrechaba con armas al Ejército boliviano, el prestigio del Che y de sus compañeros crecía entre las comunidades rurales y ante la opinión pública internacional.

Pero para los imperialistas, militares y políticos corruptos era necesario acabar con su vida y borrar la imagen del revolucionario. Ni aún su brutal asesinato pudo acabar con su ejemplo inspirador de juventudes.

En el acto de homenaje a los combatientes de la guerrilla en Bolivia, el 12 de julio de 1997, el Comandante en Jefe expresó:

Veo (…) al Che como un gigante moral que crece cada día, (…) cuya fuerza, cuya influencia se han multiplicado por toda la tierra.

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