Sobre la arrogancia y el silencio

Sobre la arrogancia y el silencio

Silva Knezevic

En medio del torrente de "información" proveniente de las mismas fuentes, que orientan las actitudes del mundo, es difícil adivinar qué otras opiniones surgirían sobre, por ejemplo, las incursiones en territorios extranjeros o la reciente imposición dictatorial de la democracia.

Así, por ejemplo, la última amenaza a Cuba casi pasó bajo el radar, se aceptó como una noticia incidental y, una vez más, somos testigos del silencio ensordecedor del mundo sobre la violencia contra un país.

La violencia persiste desde hace décadas (especialmente a través de la presión sobre todos aquellos con quienes Cuba podría comerciar), y en los últimos meses esa presión ha aumentado.

Tras medio siglo de bloqueo, tras el huracán que azotó el país el año pasado, tras innumerables apagones y amenazas de sanciones a cualquiera que pudiera ayudar en la reparación de centrales eléctricas, tras la imposibilidad de importar medicamentos y las campañas insidiosas que intentan paralizar incluso el sector turístico, estas últimas amenazas que pretenden impedir la importación de petróleo a la Isla son una soga al cuello para el pueblo cubano.

Los países decadentes del hemisferio norte están ocupados con sus propias desavenencias, corrupción, guerras de intereses y el peso de la inflación, los aranceles aduaneros altos y la falta de competitividad. Cuando algo afecta a las regiones autónomas cercanas, todos se unen y exigen justicia. Cuando se ejerce presión contra países vecinos, se activa la alarma; cuando se ejerce presión contra un país que no está en nuestra zona de interés, silencio. Y no solo los políticos, sino también intelectuales, artistas y músicos, que normalmente piden a gritos acciones humanitarias, guardan silencio. Incluso en los medios occidentales, democráticos y generalmente muy ruidosos, las noticias sobre el bloqueo petrolero ya no son noticias de última hora.

Nuestra América, lamentablemente, también se desvía cada vez más hacia la derecha, mientras que la izquierda parece existir sólo en el papel desde hace algún tiempo. No hay apoyo, ni protestas, ni conciertos dedicados. No hay grandes protestas que llamen la atención sobre las medidas inhumanas destinadas a agotar por completo a Cuba, impedir su desarrollo y hacerla imposible de sobrevivir, someterla, obligarla a renunciar a su independencia, a renunciar a todos sus logros científicos, artísticos y, sobre todo, humanitarios, para finalmente humillarla y aprovecharse de lo que ha adquirido con tanto esfuerzo. El terror que se ha perpetrado contra Cuba durante décadas es algo con lo que hemos convivido, pues es algo normal para nosotros, como ir al mercado.

Hace unos días en La Habana, en el aniversario del natalicio de José Martí, una representante estudiantil describió a su generación como “anticapitalista” y enfatizó que es “una generación que no se arrodilla, que no se vende, que no se cae”. Invitó a figuras prominentes de diferentes sectores y a amigos de Cuba en todo el mundo a unirse a lo que describió como un “movimiento extraordinario” de solidaridad y resistencia.

Quizás podríamos aprender algo de estas noticias y de estas actitudes, y al menos intentar reducir la arrogancia del mundo con nuestras voces.

 

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