Managua, 19 mayo: Los días 18 y 19 de mayo de 1895 constituyen dos fechas significativas en la historia de nuestro continente —131 aniversario del nacimiento de Augusto C. Sandino; y de la caída en combate José Martí, respectivamente. La vigencia del pensamiento de estos grandes, nos sigue interpelando nuestra práctica y nuestra conciencia, en una región que aún busca definirse frente a los centros de poder.
Martí y Sandino, latinoamericanistas, no nos necesitan para ser recordados: nos necesitan para ser comprendidos. Y comprenderlos exige que tracemos los hilos que unen sus luchas, separadas por geografía y generación, pero hermanadas por una misma intuición política: el antiimperialismo no como una postura ideológica abstracta, sino una práctica de resistencia y construcción de soberanía que ha de ser cotidiana.
Martí fue el pensador que vio antes. No escribió un tratado sistemático sobre el imperialismo, y sin embargo, su obra dispersa constituye una de las radiografías más precisas jamás elaboradas sobre la naturaleza expansionista de un imperio que entonces nacía: los Estados Unidos. Su denuncia, fundada en entender al monstruo desde sus entrañas, conocía que la "civilización anglosajona" portaba en su núcleo una voracidad anexionista que amenazaba a "Nuestra América".
Cito:
“El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos.” (Nuestra América)
Pero Martí no se detuvo en el diagnóstico. Su antiimperialismo fue operativo: fundó el Partido Revolucionario Cubano como una herramienta política capaz de articular la lucha independentista; reunió fondos; asumió la delicada tarea de tejer consensos y mediar con los altos mandos militares de la gesta anterior, concibió e inició la guerra necesaria.
Casi cuatro décadas después de la muerte de Martí, en las segovias nicaragüenses, Augusto C. Sandino recogió esa antorcha. No hubo un contacto directo, pero sí una continuidad ideológica: la comprensión de que frente a un enemigo que combina fuerza militar, presión económica y manipulación política, la respuesta no puede ser solo militar, ni solo discursiva. Debe ser integral.
Sandino aplicó, sin conocer a Martí, principios que el cubano había asumido como la importancia de la base social campesina; la necesidad de dotar a la lucha de un sentido moral y pedagógico, o la convicción de que la lucha por la soberanía se sustenta en la dignidad y la conciencia del pueblo. Como Martí, Sandino no separó la palabra de la acción. Sus proclamas no eran consignas: eran declaración de intenciones. Y como Martí, Sandino llevó su coherencia hasta el final.
¿Qué nos dicen hoy, hasta nuestra trinchera, estas dos figuras?
Nos hablan del antiimperialismo como práctica, no como etiqueta. Tanto Martí como Sandino rechazaron el antiimperialismo de gabinete. Para ellos, denunciar no bastaba: había que organizar, educar, resistir.
Nos dicen que la soberanía cultural es fundamento de la soberanía política. Martí insistió en que "injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas". La defensa de Nicaragua por Sandino no fue meramente por la tierra, sino además por el derecho a definirse sin tutelajes externos.
Nos convidan a tener la ética como columna vertebral. La grandeza moral, el desinterés, la honestidad intelectual fueron para ellos condiciones de legitimidad. Martí recogía fondos sin lucir las mejores prendas. Sandino aspiraba a continuar en su humildad después de lograr su objetivo.
Martí murió en Dos Ríos, sin poder, con su sacrificio, evitar que Cuba cayera bajo una nueva tutela. Sandino fue asesinado cuando sostenía diálogos por la reconciliación nacional. Al momento de sus partidas, ninguno vio el fruto completo de su lucha. Y, sin embargo, sus ideas siguieron y siguen vivas.
Martí y Sandino no nos piden que repitamos sus gestas. Nos piden que pensemos con la misma lucidez, que actuemos con la misma integridad. En estos días de memoria, no celebremos solo sus vidas. Interroguemos nuestras prácticas. Porque honrar a Martí y a Sandino no es pronunciar sus nombres: es asumir, con humildad y firmeza, la tarea inacabada de construir una América Latina soberana, justa y solidaria.

