El abrazo reservado de un país.

Dispersos por la geografía del orbe, más de 30 brigadas, con más de 2 500 profesionales de la Salud, combaten la pandemia de la COVID-19. La que regresa a su Patria lo hace henchida de intensas experiencias en las que importó más salvar a otros que arriesgar la vida.

Con sensación de que «es aquí», «es a mí» y «son los míos» llegaron a Italia hace poco más de dos meses para poner sus manos sobre el dolor, y trocar en auxilio y sobrevida la hecatombe en que el coronavirus ha pretendido convertir el ya maltrecho equilibrio del mundo.

Si para ciertos seres es suficiente estar a salvo del mal, del cielo como único techo, o del abismo que imponen las desidias sociales; si ser dichosos se resume para ellos en bienestar propio y la desgracia ajena no cuenta, no sucede así con los médicos cubanos. Los nuestros van dejando un rastro de amor por donde pasan y llegan para fundar en los desvalidos un verdor que invalida las trastadas de la suerte. Van allí donde es más duro y necesario sanar, y están donde otros no enlodaron su blanco atuendo.

Tienen el simple honor de ser los únicos que muchos de los infortunados «nadies» vieron alguna vez, de haberles regalado el milagro de la sobrevivencia, incluso cuando el mal que padecieran fuera curable. Y tienen la bendita manía de mirar a los enfermos, de saberlos escuchar aun en otro idioma, de tocarlos allí donde les duele, de sorprender con el trato cercano y cálido, de reponer, cuando estaba perdida, la esperanza de seguir con vida.

Los que, en especial, animan estas líneas, partieron a Lombardía en días en que la pandemia había llegado hacía muy poco a nuestro país, y Cuba miraba estupefacta las imágenes desoladoras de Italia y España que mostraban los medios. Con muchas dudas, cargados de incertidumbre por estar viviendo una escena inédita, aunque confiados en la eficiencia del sistema de Salud cubano, la anécdota abatida y lejana de aquellas tierras se hizo frecuente y dolía en el corazón nuestro.

Acostumbrados como estamos a saber que en aquellos sitios donde es apremiante la asistencia sanitaria está Cuba, no nos tomó por sorpresa que al llamado que hiciera la norteña región italiana, ante la escasez de personal para combatir allí la covid-19, la Brigada Henry Reeve –vencedora del ébola en tierras africanas, por solo hablar de sus más recientes proezas– partiera a sofocar la muerte, con todo el amor en ristre.

Cuando vecinos con destinos comunes «cerraron» sus puertas para evitar la expansión del virus, las pisadas de los nuestros fueron firmes y atomizaron, con la sencillez que les viene del suelo en que se formaron, desprendimiento y altruismo.

Más allá de las cifras –36 doctores, 15 enfermeros y un especialista en logística; unas 5 500 atenciones médicas, 3 668 de enfermería y 210 altas a cargo de nuestros profesionales por aquellos lares– hay una huella de cuatro letras que no olvidarán jamás ni los socorridos ni el mundo, aun cuando la vileza imperial insiste en desacreditar a nuestros héroes reales, los que, a la usanza martiana, son buenos porque sí, y porque allá adentro sienten como un gusto cuando se hace algún bien.

Dispersos por la geografía del orbe, más de 30 brigadas, con más de 2 500 profesionales de la Salud, combaten la pandemia de la covid-19. La que regresa a su Patria hoy lo hace henchida de intensas experiencias en las que importó más salvar a otros que arriesgar la vida.

No en balde voces internacionales piden por estos días, para la brigada que besa al mundo, el Premio Nobel de la Paz. La propuesta está por ver, pero hay otra que no hay modo de anular; la de la recompensa que los distingue únicos, por ofrecer lo más grande que tiene su país: la talla de su humanismo.

El premio del abrazo de su pueblo los espera.

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