Fidel, ejemplo de vida

Por Efrén Gamarra Soles

La historia del ser humano es un continuum de sangre y despiadada violencia. En el trascurso de cientos miles de años, varias especies de homínidos (Homo sapiens, H neanderthalensis, H. florensis, entre otras), lucharon por sobrevivir en la implacable competencia evolutiva. Se intercomunicaron e, inclusive, intercambiaron información genética por miles de generaciones, hasta que una de ellas, el Homo sapiens, se impuso sobre las demás exterminándolas sin piedad. Gracias a su instinto gregario, la especialización de sus manos y el desarrollo de su sistema nervioso central, crearon lo que después se conocería como trabajo. Gracias al trabajo empezaron a modificar rústicamente su entorno. Aprendieron a utilizar piedras y palos como herramientas y como armas, con las cuales ampliaron su capacidad no sólo para conseguir sus alimentos, sino, también, para enfrentarse a otras especies de seres humanos, a otros Homo en evolución, a los que fueron sucesivamente desapareciendo de la faz del planeta. El idílico paraíso del Edén jamás existió. Sólo guerra, sangre y exterminio, desde los albores de la hominización.

Con el descubrimiento de la agricultura y la ganadería, tímidamente, los trashumantes dejaron de serlo para convertirse en sedentarios, sin dejar de competir por tierras, por agua, por mejores condiciones de vida. Inventaron el concepto de propiedad: «Mío».   El matriarcado fue reemplazado por el derecho paterno. Los vencidos fueron reducidos a la condición de esclavos.

En la intimidad molecular del ADN del «hombre sabio» se activaron los genes de la codicia y la ambición, bajo cuya égida se continuaron esparciendo los virus de la muerte, con el implacable látigo de la injusticia y el genocidio.

Omnímodos reyes y emperadores se enseñorearían sobre sus esclavos y vasallos bajo la invocación de alguna divinidad inventada para favorecerlos.

Hace 2500 años, en la antigua Grecia, unos pensadores, conocidos como filósofos, empezaron a cuestionar el orden de cosas establecidos y crearon el concepto de democracia (excluyendo a las mujeres y esclavos).

500 años después, en medio Oriente, en tierras de Judea, un hombre llamado Jesús, comenzó a predicar la igualdad entre los hombres, aunque reconocía el derecho del César a matar de hambre a los judíos mediante tributos criminales.

Después vendrían otros hombres que renunciaron a lo propio y lucharon por la justa redistribución de la riqueza.

En los años 50 del siglo XX, en la caribeña isla de Cuba, un joven abogado de clase acomodada, quien hubiera podido dedicarse a gozar de los placeres de la vida en su isla convertida en paradisíaco burdel ─siguiendo el ejemplo de Gautama Buda, Jesús el Cristo, los socialistas utópicos y los socialistas científicos─, desactivó los genes de la codicia y la ambición en lo profundo de su ser, para dar paso a la expresión genética de la solidaridad, de la justicia y de la igualdad, tan humanas como la vida misma.

Junto a una pléyade de jóvenes soñadores ─que abandonaron, como él, las comodidades para embarcarse en una lucha por la justicia social aún a costa de sus propias vidas─, luchó, triunfó y jamás dobló la cerviz, para lo cual contó con el apoyo pleno de su heroico pueblo y, como el Cid, continúa combatiendo aún más allá de la muerte.

Más vivo que nunca, alienta cual estela hecha canción:

La Patria libre y soberana tiene un padre Fidel, ¡Fidel! / el eco eterno de los tiempos forja al fuego Fidel, ¡Fidel! / en el fragor de la batalla estará siempre Fidel, ¡Fidel! / la lava insigne de la historia exclama ¡Viva Fidel!, ¡Fidel! //

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Solidaridad
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