Hay tanta mujer excepcional en esta Isla. Una Alicia que se alzaba con la gracia de los cisnes, una Sara que con la fuerza de su voz y su espíritu nos enseñó que a los héroes se les recuerda sin llanto, una Ana Fidelia que con su entereza arrancó muchas lágrimas de alegría.
¿Y esa, la de todos los días, sí ella, la maestra, la campesina, la obrera, la ingeniera, la doctora, la enfermera, la madre dedicada? Sí, ella también merece reverencia, no porque la pida, sino porque no repara en tiempo ni en esfuerzos, porque rompió los moldes y se hizo única en sí misma, porque vive satisfecha de habitar el cuerpo que la naturaleza le reservó.
Para todas, sin importar el siglo en que nacieron, escribió también sin saberlo Perucho Figueredo, aquel verso de que «la patria os contempla orgullosa». Ese que han entonado tantas veces desde el alma, ese que ha servido como aliento en momentos difíciles, ese que las unió, un día como hoy, hace 58 años, en la organización que ha sido brazo derecho de cada paso firme dado por la Revolución.
Para la mujer cubana no existe la palabra retaguardia. ¡Ay de aquel que intente dejarla allí donde ella no sienta que forma parte de la tropa de avanzada! La mujer cubana está hecha para empeños infinitos, y con actos, honra esa máxima. Ciertamente, si ya «mujer» en sí tiene un significado elevado, acompañado de «cubana» merece, sin dudas, la más sensible, respetuosa y digna conceptualización.
