Posada Carriles, símbolo de una política oscura

La historia del terrorismo contra Cuba no es parte de un pasado, sino continuidad que se extiende en múltiples formas hasta nuestros días.

Algunos políticos estadounidenses no quieren volver atrás en el tiempo y rememorar la historia. Pretenden olvidar simplemente y seguir adelante. Pero es vital recordar, para impedir que se repitan aquellos terribles sucesos que han conmovido la nación, y que nuestras más jóvenes generaciones apenas conocen. La historia del terrorismo contra Cuba no es parte de un pasado, sino continuidad que se extiende en múltiples formas hasta nuestros días. Los principales ejecutores de esta barbarie se pasean libremente por el país que aupó sus acciones y perdonó sus crímenes. Luis Posada Carriles es símbolo de esta política oscura. El Comandante en Jefe Fidel Castro lo catalogó junto a Orlando Bosch como los «más sanguinarios exponentes del terrorismo imperialista contra nuestro pueblo…»[1]

Después de la victoria en Playa Girón en 1961, la intensificación de la guerra sucia contra la Revolución cubana no hubiera sido posible sin el desarrollo de un programa secreto conocido con el acrónimo JM WAVE. Las autoridades norteamericanas no han desclasificado hasta el mo­mento ninguna evidencia documental sobre la existencia explícita de aquel programa. JM WAVE se inserta en una compleja etapa histórica de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, caracterizada por una tenaz política agresiva. En la década de los años 60 se producirían más del 90 % de las víctimas mortales del terrorismo contra Cuba y tendrían lugar acontecimientos que marcaron profundamente la historia de nuestra nación como Playa Girón, la Crisis de Octubre, la intensificación de los planes de asesinato contra el Comandante en Jefe Fidel Castro, el auge y liquidación del bandidismo y la Operación Man­gosta.

Cincuenta y cinco años nos separan de la creación, en mayo de 1960 y bajo el más absoluto secreto, de la base operativa principal de aquel poderoso programa subversivo en el distrito de negocios de Coral Ga­bles en la Florida, asentada en terrenos de la Uni­versidad de Miami. El gobierno norteamericano había or­ganizado desde 1960 un ejército mer­cenario de origen cubano, en­trenado en campamentos de la Flo­rida, Centroa­mé­rica y la zona del Ca­nal de Panamá. Luis Posada Carriles había abandonado tempranamente su país y se incorporó rápidamente al proyecto de invasión. Según su expediente en la CIA recibió entrenamiento en Gua­temala, aunque no llegó a desembarcar en Playa Girón. En marzo de 1963, ingresó en la base militar de Fort Benning, en Georgia, EE.UU. junto a otro numeroso grupo de ex­mercenarios, mu­chos de ellos recién liberados en Cuba. Allí obtuvieron los conocimientos de su triste oficio: torturar, subvertir, sabotear, confeccionar explosivos y matar a cualquiera que estuviera en el lugar y el momento equivocado. Posada fue un alumno «eminente». Cuentan viejos amigos que lo conocieron en la Cuba de los años 40, que era un adicto a las armas de fuego y a los explosivos. Este oficio lo llevaría después de su salida de Fort Benning a las recién creadas unidades especiales del programa JM WAVE.

Este programa desplegó una gi­gantesca actividad paramilitar encubierta, mediante operaciones navales, dirección y preparación de grupos de infiltración, control de agentes principales, acciones de propaganda, guerra psicológica y contrainteligencia. Sufragaba decenas de lujosas mansiones a lo largo de los cayos de la Florida para el entrenamiento de los grupos clandestinos que se infiltraban en Cuba o de donde salían sus naves artilladas. Controlaba a los principales grupos contrarrevolucionarios en la Flo­ri­da, suministraba ar­mas y explosivos a las agrupaciones más violentas y reclutaba secretamente a sus cabecillas más recalcitrantes y ambiciosos. Richard Helms, director de la CIA entre 1966 y 1973, escribió en sus memorias: «que antes de que la operación Mangosta hubiera concluido, 600 efectivos de plantilla de la CIA y entre 4 000 y 5 000 contratados estuvieron involucrados».

El programa disponía de casas y edificios de apartamentos para residencia de sus oficiales y lugares de contacto clandestinos con sus agentes, campos de tiro y entrenamiento dentro de la ciudad y en condados al norte de la Florida; organizaba em­presas «fantasmas» para sus actividades ilegales como firmas de bie­nes inmuebles, imprentas, cafeterías, agencias de viaje y de detectives; tiendas para la venta de armas; astilleros y embarcaderos para su flota marítima, aeródromos, aviones ligeros y centros de comunicaciones; talleres y gasolineras para cientos de vehículos y camiones. Desde sus ins­talaciones técnicas coordinaba las cam­pañas de propaganda y guerra psicológica y monitoreaba las comunicaciones ilegales con sus agentes secretos en Cuba así como la radio y la prensa cubana. El programa JM WAVE intensificó también las acciones de espionaje me­diante las posibilidades del «Pro­grama de refugiados» para obtener inteligencia política, económica y mi­litar contra Cuba. Todos los cubanos que arribaban a Estados Unidos a partir de 1960 eran entrevistados y muchas veces presionados para que brindaran todo tipo de información sobre su país.

En enero de 1961, al retirarse la embajada norteamericana en La Habana, el programa JM WAVE asumió los contactos clandestinos de la CIA con algunas de las 130 redes de es­pías que llegaron a operar clandestinamente en Cuba. Documen­tos de la seguridad cubana revelan los contactos de algunas redes con fun­cionarios diplomáticos de 18 embajadas extranjeras asentadas en La Habana, algunos de los cuales tra­bajaban secretamente para la CIA. El programa JM WAVE escudriñaba en detalles la realidad cubana interna y espiaba los puertos identificando buques, cargas y pertrechos militares. Este dispositivo constituyó un poderoso apoyo al bloqueo económico, comercial y financiero decretado por el gobierno norteamericano desde febrero de 1962.

AM CLEVE 15 Y LA FLOTA MARÍTIMA SECRETA DE LA CIA

 

Según datos de la CIA, en julio de 1964 Posada aparece como jefe de un campamento paramilitar del grupo terrorista Junta Revolu­cio­naria en el Exilio (JURE) en Florida central.[2] Otros documentos de fe­cha 31 de mar­zo de 1965 revelan su condición de instructor en explosivos con el código secreto «wave kuroar». La palabra «wave» identificaba a la mencionada estación ultra secreta en Mia­mi[3]. La palabra «kuroar» le da nombre a la operación en la que trabajaba, las letras «ku» significan Cuba y la palabra «roar» algo así como «rugiente o bramido». Solo dos semanas después se le asignó por la agencia el código secreto Amcleve-15 [4]. Las letras «am» identificaban su categoría de agente encubierto, la palabra «cle­ve» como diestro, hábil o mañoso, según su traducción en inglés y el número 15 como parte de un grupo integrado por otros agentes.

La propia agencia registra en su ficha biográfica la activa participación de Posada en el contrabando de armas y explosivos y otros actos subversivos en la región del Caribe. El 13 de enero de 1965, se ubica como miembro de la tripulación del buque Venus[5] en la Re­pública Dominicana, perteneciente a la flota marítima de la CIA, utilizada en operaciones de infiltración y terrorismo contra Cuba. Esta flota superaba las 30 embarcaciones de gran y mediano porte, incluidos «buques ma­dres» tipo «REX» y otras lanchas provistas de modernos armamentos. El propio Richard Helms reconoció que «en determinado mo­mento, la flota marítima secreta de la CIA, llegó a ser la tercera más grande en el área». Algunas de estas naves estaban inscritas con nombres como Atlas, Baltimore, Rex-Explo­rer, Ha­cha, Evangelina Zoila, Neptuno, Reep Tide y Tiburón. En ellas navegaban por aguas del Caribe tripulaciones conocedoras de las costas cubanas, reclutadas entre marinos y pescadores que habían residido en poblados costeros cubanos. Las in­filtraciones de estos comandos su­maron cientos a lo largo de esos años. Estudios históricos cubanos ubican con exactitud un total de 77 puntos costeros a lo largo del país, utilizados para infiltrar agentes clandestinos y armamento de guerra. Un buque madre tipo «REX» tenía en su proa un cañón sin retroceso de 75 mm y en su popa otro de 57 mm y varios cañones de 20 mm. En sus bandas de babor y estribor, seis ametralladoras calibre 50 y 30. La tripulación estaba compuesta por unos 40 mercenarios equipados con fusiles automáticos. Estas operaciones eran dirigidas por un «oficial de caso» de la CIA.

Desde sus barcos artillados, la CIA bombardeaba instalaciones civiles y objetivos económicos costeros, mientras brindaba su apo­yo a otros comandos terroristas que operaban contra Cuba desde países como Nica­ragua o Costa Rica. Un apretado resumen brinda un cuadro dantesco de agresiones violentas contra objetivos civiles. Entre 1961 y 1970 se produjeron decenas de ataques piratas contra objetivos en nuestras costas. En estas operaciones sorpresivas y alevosas resultaron muertas ocho personas y heridas 26, de ellas tres niñas de ocho, 13 y 15 años de edad. Mu­chos ciudadanos cubanos rememoran los ataques a la refinería Hermanos Díaz situada a la entrada de la bahía de Santiago de Cuba, la planta de sulfometales en Santa Lucía y los centrales azucareros Luis Carra­cedo, en el municipio de Pilón y Na­zá­bal, en Encrucijada, Villa Clara; los disparos contra el edificio Sierra Maestra y otras residencias del ba­rrio capitalino de Mi­ramar y el albergue de niños becarios en Ta­rará, al este de La Habana; los embarcaderos de Isabela de Sagua, Caibarién y Ca­silda; y los faros marítimos de Cayo Cruz en Niquero, Bahía de Cádiz en Villa Clara y Cayo Paredón Grande, en Ciego de Ávila. A estos ataques se sumaban los bombardeos aéreos con explosivos organizados por Orlando Bosch sobre plan­taciones cañeras y áreas po­bladas, por avionetas que salían y regresaban a la Florida. Este programa acrecentó los secuestros y ataques piratas contra embarcaciones en aguas del Golfo de México y el Caribe, incluidos los ametrallamientos a los bu­ques cargueros extranjeros New Lane, L´ Vov, Bakú y Sierra de Arán­zazu. En este periodo se registraron 20 hechos de esta naturaleza, con muertos o desaparecidos y heridos. El gobierno norteamericano ne­gó sorprendentemente en 1963 su responsabilidad en estos sucesos, alegando que se trataba de «acciones autónomas» cometidas por grupos de emigrados desde terceros países. El terrorista Luis Posada Carriles formaba parte de aquel en­gendro de horror.

EL TERRORISMO EN EL EXTERIOR CONTRA CUBA

Entre los años 1967 y 1968 se inició paulatinamente el desmantelamiento de JM WAVE. La verdadera causa de su desaparición fue la heroica resistencia del pueblo cubano. Toda aquella infraestructura fue vendida o rentada. Muchos armamentos fueron desviados al contrabando en la región. La CIA utilizó a muchos miembros activos de la JM WAVE para su guerra de contrainsurgencia en Amé­rica Latina. Los gobiernos títeres y militares en la región gozaron de la colaboración de estos nuevos esbirros y torturadores. Otros fueron utilizados en oscuras operaciones como el asesinato del Comandante Ernesto Che Gue­vara y sus compañeros en Bo­livia, fueron contratados como ma­tones en la Operación Cón­dor, o partieron como mercenarios a África y Vietnam.

Las autoridades yanquis mostraron una abierta tolerancia en los 70 hacia las nuevas agrupaciones de la mafia anticubana que se asentaban en la Florida y otras ciudades como Nueva Jersey y Nueva York. Aquello expresaba una nueva modalidad de subversión y guerra económica «to­lerada» dirigida a tratar de quebrar los vínculos comerciales de Cuba con otras naciones contrarias a la extraterritorialidad del bloqueo yanqui. Estos grupos neofascistas multiplicaron el terror contra intereses cubanos en territorio norteamericano y otros 35 países de tres continentes, en los que eran agredidos barcos mercantes, oficinas comerciales, lí­neas aéreas y consulados de naciones que mantenían relaciones económicas con Cuba.

Posada Carriles fue asignado en 1967 a Caracas, Venezuela, como mercenario de la CIA, ocupando un importante cargo hasta 1974 en la Dirección de los Servicios de Inte­ligencia y Prevención (DISIP). Sus principales misiones: eliminar focos de «insurgentes» y apoyar el trabajo subversivo de la CIA en el medio diplomático hostil a Estados Unidos y en las altas esferas de la política local. Aquella designación constituía un gesto de confianza hacia Po­sada. Según Manuel Con­treras, exjefe de la DINA de Augusto Pi­nochet, el entonces jefe de la CIA en 1976 George Bush le había expresado que el envío de mercenarios de origen cubano a Venezuela tenía como objetivo reforzar el trabajo de contrainsurgencia en la región.

Posada multiplicó su accionar terrorista a partir del manto oficial que le ofrecía su alto cargo en la DISIP a partir del 4 de octubre de 1971. Pero sus desavenencias con un nuevo gobierno lo llevaron a renunciar. Sorpresi­vamente, aparecieron en 1974 grandes recursos eco­nómicos para una supuesta «agen­cia» privada de detectives en Cara­cas nombrada Investigaciones Co­merciales e Industriales, Com­pañía Anónima (ICICA), dirigida por Po­sada Carriles. La CIA financió y brindó me­dios secretos de espionaje y subversión a este nuevo centro de operaciones, que dada su «cobertura» permitió recrudecer los actos terroristas en la región del Caribe y Suda­mérica y continuar el apoyo a la CIA entre 1974 y 1976. Desde el ICICA partieron co­mandos armados para realizar actos terroristas y se elaboraron estudios operativos sobre instalaciones cubanas en Tri­nidad y Tobago, Barbados, Colom­bia y Panamá y los mapas de ruta de los vuelos aéreos de Cubana de Aviación en la región.

En junio de 1976, Posada y Bosch participaron en la creación del grupo terrorista Coor­dinación de Organi­za­ciones Revolucio­narias Unidas (CORU) en República Domini­cana, a instancias de la CIA. El 6 de octubre se produjo el monstruoso crimen en Barbados, con la participación de ambos terroristas. El gobierno de EE.UU. fue autor intelectual de aquel horrendo suceso. Los documentos desclasificados demuestran que sus servicios de inteligencia no eran ajenos a los intentos del CORU de hacer explotar un avión civil cubano en el aire. No eran ajenos tampoco a la labor secreta de la ICICA en la región, de donde partieron los autores materiales del hecho y los explosivos utilizados en el sabotaje. Posteriormente, facilitaron la fuga de Posada Carriles de su prisión en Venezuela, ofreciéndole una importante misión en la guerra sucia en Cen­troa­mérica. Años después concedieron al terrorista Bosch el asilo definitivo en territorio norteamericano.

Posada Carriles participó destacadamente en la Operación Irán-Contras en Centroa­mérica, en la que dirigió una tarea muy compleja, que corroboraba la confianza brindada por el gobierno estadounidense: el avituallamiento aéreo a la Contra nicaragüense, la or­ganización logística de los suministros y la atención a todo el personal involucrado en la operación. Antes de producirse el escándalo internacional, Posada Carriles alertó a sus superiores en Estados Unidos de que una nave aérea no había regresado a su base al ser derribada cuando abastecía recursos a la Contra nicaragüense. Posada mantuvo un total silencio y encubrió la activa participación del vicepresidente George H. W. Bush y algunos de sus principales colaboradores, cuando fue entrevistado en 1992 por el FBI en la embajada de Estados Unidos en Honduras. Posada se retiró de allí sin ser molestado. George H. W. Bush fue totalmente exonerado de responsabilidad, según el reporte publicado el 18 de noviembre de 1987 por el Comité Con­gre­sional estadounidense que investigó el es­cándalo.

LA NUEVA ESCALADA TERRORISTA Y LA BRUTAL REPRESALIA CONTRA LOS CINCO LUCHADORES ANTITERRORISTAS

Una nueva estructura paramilitar creada secretamente en 1992 por la Fundación Nacional Cubano Ame­ri­cana (FNCA), en la ciudad de Miami, financió y abasteció a grupos terroristas anticubanos que infiltraron armas y explosivos en costas cubanas en los años siguientes, en pleno periodo especial. Algunos comandos armados se infiltraron en la isla o atacaron desde el mar instalaciones turísticas en Varadero y los cayos de Villa Cla­ra, regresando a terri­torio estadounidense con total impunidad, a pesar de las frecuentes notas diplomáticas de denuncias cursadas por las autoridades cubanas. Poste­rior­mente, intentarían intro­ducir explosivos y estallarían después las primeras bombas. En esos años, Po­sada Carriles se movía junto a otros mercenarios de la FNCA en el contrabando de armas y participaba activamente en estos planes violentos dirigidos a afectar la entrada de divisas proveniente del turismo extranjero.

Con el financiamiento de la FNCA, Posada organizó un comando terrorista en Centroa­mérica, seleccionó lugares públicos de instalaciones turísticas de lujo y envió sus mercenarios para detonar bombas. Aquellas explosiones dejaron su huella en los vestíbulos de hoteles habaneros como el Nacional, Capri, Chateau Miramar, Tritón, Meliá Co­híba, y el célebre restaurante La Bodeguita del Medio. Detrás de cada hecho quedaba una escena imborrable de dolor. Un joven turista italiano encontraba la muerte en el hotel Co­pacabana. Una delgada pared, contigua al lobby del hotel Capri, salvó de la explosión a un grupo de niños que participaban en una fiesta infantil. Un minucioso trabajo técnico operativo se desplegó en poco tiempo. Cuba mostró, a pesar de la compleja situación interna del Periodo Especial, su capacidad de repeler ataques piratas, infiltraciones y capturar terroristas portando armamentos y explosivos de alto poder. Un total de 28 terroristas, la ma­yoría residentes en Estados Unidos, fueron detenidos y juzgados por las autoridades cu­banas entre 1993 y el 2001. La nueva escalada terrorista había sido liquidada, pero renovó viejos proyectos para tratar de asesinar a Fidel. Los órganos de seguridad cubanos neu­tra­lizaron entre 1994 y el 2000 nuevos planes magnicidas orga­nizados por la FNCA durante su participación en cumbres iberoamericanas y otros compromisos internacionales en países como Colombia, Ar­gentina, Venezuela, República Do­minicana, Portugal y Panamá. En este último, donde se celebraba la X Cum­bre Iberoamericana en no­viembre del 2000, gracias a la oportuna denuncia de Fidel un grupo encabezado por Luis Posada Ca­rriles fue apresado en posesión de 34 libras de explosivos.

Estos fracasos engendraron la brutal represalia del Gobierno de Estados Unidos y la mafia anticubana contra los Cinco luchadores anti­terroristas cubanos que enfrentaron va­lientemente la ofensiva de terror en esos años. La libertad otorgada poco después por el gobierno de George W. Bush (hijo) al terrorista Luis Posada Carriles no constituyó un hecho fortuito. Fue el resultado de un plan premeditado para evitar su encierro en EE.UU. y retribuir sus importantes servicios a la CIA y a la ultraderecha de ese país (Granma).

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