Desde esta misma tribuna, con el respeto y la firmeza que distinguen desde siempre la tradición digna de la diplomacia cubana, quiero dirigirme a la comunidad internacional, incluyendo al gobierno de los Estados Unidos.
Cuba diseña y propone soberanamente los cambios que urge aplicar para remontar la crisis impuesta por la agresividad externa y las insuficiencias internas, sin más permiso que el de su pueblo.
La crítica y la autocrítica honesta no son una novedad para el gobierno cubano; son inseparables de la práctica revolucionaria desde siempre. No estamos experimentado, estamos aplicando un principio del concepto de Revolución que nos legó Fidel: “emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos”.
En el empeño de corregir errores e insuficiencias, a la par que enfrentamos el cerco externo, hemos acordado emprender la siempre dedicada misión de abrir aún más la economía, con prioridad para los cubanos residentes o no en el país.
Esas decisiones no están relacionadas con negociaciones. Cuba sigue dispuesta a dialogar con respeto sobre todos los temas posibles con el gobierno de Estados Unidos, y esa disposición no solo está expresada: está históricamente probada.
Los actuales cambios en el curso del diálogo con el vecino del Norte solo se relacionan en la hostilidad que quieren imponerle a la relación los enemigos de cualquier acercamiento entre los dos países, esos que viven diseminando amenazas de ataques inminentes, que filtran falsedades, persiguen negociaciones y apuestan a la opción perversa de la asfixia para que Cuba estalle.
Cuba denuncia esas prácticas infames que le venden al mundo la idea del “estado fallido” mientras se aprieta el cuello de un pueblo heroico. Así no funcionan las relaciones entre naciones soberanas independientes, condición que reivindicaremos siempre.
No es honrado afirmar que se quiere ayudar al pueblo cubano y al mismo tiempo perseguir cada operación bancaria, encarecer mil veces cada importación, bloquear la compra o el arribo de combustible, de alimentos y de medicina, y castigar al que quiera invertir o comerciar con el país.
No se puede hablar de libertad mientras se empuja a propósito a un pueblo entero hacia la desesperación por falta de recursos que hoy resultan vitales para la existencia.
Al gobierno de los Estados Unidos le decimos, sin odio pero sin miedo, si de verdad quieren ayudar al pueblo cubano: ¡déjennos vivir!
Dejen a Cuba comerciar, dejen a Cuba comprar sus medicinas, dejen a Cuba importar su combustible, dejen a Cuba recibir inversiones, créditos, financiamientos, relacionarse normalmente con sus emigrados y con el mundo. Dejen a Cuba mostrarle al planeta qué es capaz de hacer este pueblo cuando no hay obstáculos a sus esfuerzos por levantarse.
Cuba no va a pedir permiso para existir ni entregará su soberanía.
