El Son: un viaje hasta su consagración universal

La Habana, 11 de diciembre de 2025. La aprobación este 10 de diciembre de la Práctica del Son Cubano como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) constituye un acto de justicia histórica para una de las expresiones musicales más influyentes del Caribe y de América Latina.

   Matriz rítmica y estética de buena parte de la música cubana contemporánea —y latinoamericana y caribeña, aunque no se reconozca suficientemente— el Son siempre ha estado ligado con la identidad cultural más raigal, sin embargo, su camino hacia el reconocimiento global ha sido largo, apasionado y, en ocasiones, accidentado.

   El origen del género se ubica en el este cubano, región marcada por el sincretismo cultural y por intensos procesos de mestizaje; allí, entre Santiago de Cuba, Guantánamo y Baracoa, y otras zonas de la antigua provincia de Oriente, germinó durante el siglo XIX una práctica musical donde confluyeron estructuras rítmicas africanas, giros melódicos hispanos y formas poético-narrativas propias de las comunidades rurales.

   Instrumentos como el tres, la marímbula y el bongó se volvieron voces inseparables de un modo de sentir que pronto se expandió más allá del ámbito campesino y tuvo en el changüí —según muchos entendidos— su expresión más ancestral.

   Lo cierto es que hacia finales del siglo XIX y principios del XX, comenzó a consolidarse como fenómeno sociocultural de grandes dimensiones: de los campos a las ciudades, de las fiestas familiares a los espacios públicos, y desde Santiago emprendió su viaje a La Habana.

   Ya para 1920 había entrado en la capital y adoptó colores que iban teñidos inicialmente por los prejuicios raciales, los lugares donde se tocaba, las diferencias sociales y culturales, y, por supuesto, la fama que sus cultores conseguían en sociedades, liceos y otros recintos donde los habaneros iban a saciar sus incontinentes pies.

   Pioneros indiscutibles lo auparon hasta niveles alucinantes de popularidad: el Sexteto Habanero, el Trío Matamoros, el Sexteto Boloña y, más tarde, el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, cuyo tema “Échale salsita” se considera un hito por su estructura, fraseo y su novedoso uso del coro-pregón, lo cual dio al género, con su intuición musical extraordinaria, un impulso definitivo hacia la modernidad.

   Simultáneamente, desde el Oriente continuaban floreciendo agrupaciones y estilos. El son montuno, con su poderoso clímax en el montuno final, encontró en Arsenio Rodríguez, “el Ciego Maravilloso”, a uno de sus más grandes innovadores y al responsable de que se ampliara la plantilla instrumental con la introducción de la tumbadora, además de sofisticar los arreglos armónicos y definir una estética que luego heredaría la comercial y disputada Salsa —de Puerto Rico, Nueva York, República Dominicana, Colombia, etc—.

   Dicha evolución continuó en las décadas siguientes con figuras que lo siguieron transformando sin traicionar su esencia como Benny Moré, el “Bárbaro del Ritmo”, quien llevó el género a escenarios mayores, al fusionarlo con la “big band” y dotarlo de un carisma interpretativo irrepetible, tras la escuela irreductible de Matamoros y Pérez Prado en su etapa mexicana.

   En paralelo, las charangas a la francesa —evolución de la orquesta típica— no se limitaron a las contradanzas, danzas, guarachas y danzones, lo incorporaron entre sus repertorios para estar a la moda, actualizarse frente al público bailador y, sobre todo, perpetuarse en el mundo del disco que cada vez buscaba con mayor énfasis explorar las fórmulas de éxito de grandes intérpretes y compositores “soneros”.

   Una larga estela que prosiguió con la llamada “era de los Conjuntos musicales”, seguida por formaciones mayores influidas por el jazz —piano, contrabajo, batería, tumbadora, saxofón, trompetas y trombones— que venían ganando lugar desde los años 30 del siglo XX.

   Siguieron otros nombres que alimentaron al son desde estéticas diversas: Antonio Fernández “Ñico Saquito”, Roberto Faz, Miguelito Valdés, Raúl Gutiérrez Grillo “Machito”, Marcelino Guerra “Rapindey”, Miguelito Cuní, Los Compadres —Francisco Repilado “Compay Segundo”, primero, y luego Reynaldo Hierrezuelo “Rey Caney”, junto al líder y hermano Lorenzo— entre muchos más.

   Justo destacar —amén de los otros sones que configuraron sonoridades desde los años 70 hasta el boom de la salsa en los 90, devenida “timba”— la tradición del tres, que encontró en Papi Oviedo, Pancho Amat y otros virtuosos contemporáneos a continuadores excepcionales, mientras que agrupaciones como el Septeto Santiaguero revitalizaron el estilo para nuevas generaciones.

   Atrás habían quedado las tremendas falacias y campañas de “los soneros del más allá” con aquello de que tras el triunfo de la Revolución el Son se había ido de Cuba y nombres como Juan Formell, Chucho Valdés, Elio Revé Matos, Rafael Lay y Wilfredo “Pachi” Naranjo, vinieron a demostrar que ni se fue ni se extinguió: cambió de piel, se adaptó, dialogó con su tiempo y regresó siempre a la escena con renovada vitalidad; lo saben Issac Delgado, Paulo Fernández Gallo, Cándido Fabré, José Luis Cortés, Sergio David Calzado, Juan Carlos Alfondo, y muchísimos más.

   En este profuso devenir, una figura resultó decisiva para la defensa institucional del género en Cuba: Adalberto Álvarez, el “Caballero del Son”, cuya obra, tanto con Son 14 como en su propia orquesta, demostró que el son no era un vestigio del pasado, sino un organismo vivo capaz de conectarse con las dinámicas contemporáneas del baile y con la sensibilidad popular.

   Más allá de sus incontables éxitos musicales, Adalberto asumió una tarea cultural de enorme trascendencia: impulsar el reconocimiento del 8 de mayo como Día del Son Cubano, no como un gesto simbólico, sino la culminación de años de trabajo, campañas, debates y gestiones institucionales.

   Para él, la fecha —en homenaje al natalicio de Matamoros y Cuní— representaba la necesidad de devolver al Son el espacio público que merecía; cruzada, a la vez artística y patrimonial, que logró concretarse después de su fallecimiento y lo convirtió en uno de los homenajes más sinceros a su legado.

   El reconocimiento internacional que apreció con justeza la Unesco, refrenda la importancia del son en el atlas cultural del mundo; no solo como música, sino también como práctica social, ritual comunitario que se renueva, se comparte y se defiende, es vehículo de memoria e identidad en peñas, solares, festivales, romerías, parrandas, descargas nocturnas y encuentros familiares.

   Que haya nacido en la intimidad rural del Oriente y hoy consiga una consagración global no es una paradoja: es la prueba de su fuerza histórica; por lo que la Unesco no hará más que confirmar lo que Cuba y buena parte del mundo saben desde hace más de un siglo: que el son es una de las grandes aportaciones del Caribe al patrimonio cultural de la humanidad.

   Celebremos en los barrios, en los escenarios, en las casas de cultura, en los ensayos de las agrupaciones y en los espacios donde el tres dialoga con la clave para recordarnos que la identidad también se baila y que la victoria genuina es la de generaciones de músicos que hicieron del son una manera de vivir.

   Se lo debemos a la alegría del cubano, pese a los sinsabores cotidianos; se lo debemos a la rueda de casino imperecedera y popular; a la primera vez que alguien preguntó “de dónde son los cantantes": son de la loma, y cantan en el mundo entero, porque, desde Oriente hasta la actualidad, del sentir rural al escenario global, del montuno ancestral a la interpretación contemporánea, el son cubano sigue —y seguirá siendo— el latido profundo de un país.

 

Tomado de ACN (Agencia Cubana de Noticias)

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