Este 1º de Mayo en Basilea, diversos grupos solidarios, movimientos sociales y organizaciones de amistad con las causas justas participaron en la tradicional jornada de conmemoración del Día Internacional de los Trabajadores en el Messeplatz. En este marco, se proclamó un discurso que abordó la importancia de la solidaridad internacional, la necesidad de denunciar las injusticias globales y el papel de los pueblos del Sur frente a los actuales conflictos y dinámicas de poder.
El mensaje destacó la urgencia de mirar más allá de las fronteras europeas, cuestionar las narrativas dominantes y reconocer las luchas de los pueblos que enfrentan intervenciones, sanciones y políticas de despojo. Asimismo, se subrayó el ejemplo de Cuba como referente de solidaridad internacional, pese a las agresiones y sanciones que enfrenta desde hace décadas.
El discurso concluyó con un llamado a no guardar silencio ante las injusticias y a defender, con firmeza y coherencia, los principios de verdad, justicia y solidaridad entre los pueblos.
A continuación compartimos el discurso que amablemente fue puesto a disposición de nuestra Embajada.
Discurso del Primero de Mayo, Messeplatz
«¡Arriba la solidaridad internacional!»
Gritar esta consigna en una manifestación es, sin duda, mucho más fácil que vivirla de manera coherente en la vida cotidiana… aunque, ante los terribles acontecimientos que sacuden hoy al mundo, un clamor permanente sería más urgente que nunca. Sin embargo, cuando se trata de guardar silencio frente a injusticias y crímenes que no nos afectan directamente, Suiza es campeona. Primero observar qué hacen otros antes de actuar es una táctica bien conocida. Y, como subrayan especialmente los políticos burgueses y los líderes empresariales, “nos va bien así”. La palabra “solidaridad” solo aparece en su vocabulario cuando hay catástrofes naturales, y aun así se limita a los directamente afectados.
Los acontecimientos más recientes, con todos los focos de guerra y las atrocidades cometidas, muestran —pese a toda la minimización mediática— con creciente claridad los enormes juegos de poder en marcha, que solo sirven a intereses muy concretos, pero ciertamente no a los de las poblaciones afectadas. Sería, por tanto, urgente mirar más allá del estrecho cuenco helvético y también más allá del guiso europeo intoxicado por la industria de la guerra.
No empezó con Trump, pero con él se hace aún más evidente que en todas estas guerras no se trata, como se pretende, de derechos humanos, “libertad y democracia”, sino de una explotación aún más brutal de recursos y del impulso a la economía de guerra; basta ver las ganancias exorbitantes de las empresas armamentísticas. Donde antes los golpes de Estado en América Latina eran orquestados discretamente por el imperio estadounidense —pero no por ello menos brutales, con torturas, asesinatos y desapariciones—, hoy la pandilla de turbo-capitalistas en Washington proclama abiertamente su máxima: “paz mediante la fuerza”, ensalza su ética bélica e incluso invoca de manera perversa a Dios.
Y así, en gran parte del Sur Global se repite el mismo patrón: cualquier gobierno progresista que intente mínimamente impulsar mejoras sociales es puesto en la mira; una elección ganada se presenta como fraude; los avances se sabotean con métodos subversivos y se organizan “revoluciones de colores”. Venezuela bien podría contarlo. Y luego se colocan en el poder a multimillonarios:
– En Chile, Kast, admirador del fascista Pinochet, que hostiga a los pueblos indígenas.
– En Ecuador, Daniel Noboa —nacido en Miami, Florida, empresario bananero— es ahora presidente, y el país, tras los buenos tiempos con Rafael Correa, se ha convertido en un terreno fértil para bandas del narcotráfico, con un aumento masivo de la tasa de homicidios.
– O Milei en Argentina, que con motosierra en mano y represión masiva impulsa una política de desmantelamiento económico y social sistemático.
Y eso sin mencionar África. En todas partes se trata de una explotación desenfrenada de los recursos naturales por parte del Norte, sin importar la destrucción de la naturaleza, del medio ambiente o el empobrecimiento de la población. Ninguna crítica desde la Europa obediente al eje transatlántico, y mucho menos desde Suiza; lamentablemente, tampoco casi desde la izquierda local.
¿Cómo sería si en el Norte intentáramos ponernos en el lugar de las personas del Sur —ya sea en América Latina o en África—? Para ellas, este discurso sobre la “comunidad de valores occidentales” y sus “derechos humanos” debe sonar como burla y desprecio. Y más aún cuando observamos nuestros supuestos “medios libres”, incluidos los públicos como la SRF, que dividen el mundo en buenos y malos y nos presentan diariamente exactamente los mismos enemigos que la OTAN, el Pentágono y la CIA.
Todo esto se hace especialmente evidente en el caso de Cuba. ¿Por qué tanta agresión contra una pequeña isla con escasos recursos naturales? De manera repetitiva, casi semanalmente, se habla de la “mala gestión del régimen” y del colapso del “modelo socialista fracasado”, sin nombrar claramente la verdadera causa de la situación dramática actual: el objetivo de la política de bloqueo de Estados Unidos contra Cuba fue formulado ya el 6 de abril de 1960 por el subsecretario de Estado Lester D. Mallory:
“...provocar descontento y necesidad económica (...), debilitar la vida económica negando a Cuba dinero y suministros, con el objetivo de reducir los salarios nominales y reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”.
Y la interminable lista de sanciones ha alcanzado ahora, con Trump, dimensiones casi genocidas —como señaló recientemente el exconsejero nacional suizo Franco Cavalli. Cuba sufre una asfixia económica de extrema gravedad. Pero los grandes logros de la Revolución Cubana son sistemáticamente silenciados por los medios dominantes: un sistema de salud gratuito para toda la población; educación de calidad hasta el nivel universitario, también gratuita y líder en América Latina; una mortalidad infantil que, hasta las sanciones más recientes, era inferior a la de Estados Unidos; una esperanza de vida comparable a la europea; y el desarrollo de cinco vacunas propias contra la COVID-19, que permitió que Cuba tuviera la mitad de muertes que la rica Suiza, pese a tener poblaciones similares.
Si hablamos de solidaridad internacional, Cuba es el ejemplo más luminoso. Desde hace años forma gratuitamente a estudiantes de medicina de países pobres, incluidos Palestina y hasta jóvenes sin recursos de Estados Unidos. Y ha enviado y sigue enviando miles de médicos a misiones en todos los rincones del mundo, gratuitamente cuando los países pobres no pueden pagar. El ejemplo más impactante fue el envío de médicos a la rica Lombardía durante la fase más crítica de la pandemia, y más recientemente al sur de Italia por la falta aguda de personal médico.
No es casual que Cuba goce de tan buena reputación en África, América Latina y muchos otros países del mundo: porque practica la solidaridad internacional de manera auténtica. Frente a los ataques actuales contra estas misiones médicas —alimentados por el odio de la mafia de Miami, encabezada por el senador Marco Rubio, y repetidos sin crítica por los medios suizos—, hoy podemos hablar de Cuba como “el peligro del buen ejemplo”. Podría ocurrir que fuerzas progresistas en otras partes del mundo vean en Cuba un modelo; por eso debe destruirse todo lo que obstaculice la explotación del imperio estadounidense y sus aliados.
Cada uno de nosotros decide si seguirá guardando silencio ante esta injusticia escandalosa o si se pondrá del lado de la verdad y la justicia —y hacerlo con fuerza y en todas partes:

¡Arriba la solidaridad internacional!
¡Viva Cuba socialista!






