Palabras del destacado escritor cubano residente en Suecia René Vázquez Diaz, a propósito del homenaje a José Martí l

Martí como ser humano, y como patriota cubano y de Nuestra América. Comentarios sobre la película “El ojo del canario”.

 

Puede afirmarse que José Martí fue el más español de todos los cubanos.

Esa paradoja enaltece su grandeza como escritor, como luchador contra el poder colonial español en Cuba y como ser humano. La madre de José Martí, doña Leonor Pérez,  era oriunda de Santa Cruz de Tenerife. El padre, don Mariano Martí, había nacido en Valencia y era Sargento primero del Real Cuerpo de Artillería de la fortaleza de la Cabaña. Luego ocuparía otros cargos menores y mal remunerados, por ejemplo. el de celador, es decir, guardían de la policía colonial. En la película que pronto veremos, se refleja el contradictorio y a veces violento significado que esto tendría para los sentimientos y la lucha constante de Martí: su padre era un representante oficial del régimen español opresor. La familia de Martí sufrió estrecheces económicas toda su vida. El padre ocupó varios puestos dentro del régimen policial español en Cuba pero siempre, repito, sin una remuneración que le permitiera sostener a su familia. Martí --o Pepe--, como le decían, tuvo seis hermanas y la familia se vio en la necesidad de mudarse varias veces. Don Martiano maltrató sentimentalmente a Martí durante su adolescencia y su primera juventud. Pero el hijo jamás condenó al padre ni dejó de quererlo La comprensión precoz de Martí acerca de las contradicciones humanas, tal y como se manifestaban en lo político, lo social y lo familiar, estuvieron en él desde temprano  “a otra altura”.

                      En 1868 se produce El Grito de Yara con el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes. Martí había sido alumno de don Rafael María Mendive en su escuela de la Calle Prado nr 88, junto con quien llegaría a ser un gran amigo, Fermín Valdés Domínguez. El maestro  Mendive se convirtió en el padre espiritual y también patriótico del joven Martí.

10 de octubre!” Es el título de un poema que Martí escribió en aquel momento: “Del ancho Cauto a la Escambraica sierra/ ruge el cañón, y al bélico estampido/ el bárbaro opresor, estremecido, /gime, solloza, y tímido se aterra”... El bárbaro opresor nse aterra... imagínense ustedes lo que pensaría el policía don Mariano sobre esas palabras de su hijo... Martí tenía 15 años.

                      Los familiares de Mendive eran propietarios del teatro Villanueva –recordemos este detalle para captar bien las escenas de la plícula al reproducir lo que solía hacerse en ese teatro. Una noche hubo vivas a Cuba libre y vivas a la insurrección, pero también agresivas vivas a España.

El cuerpo represivo de los voluntarios intervino sanguinariamente con una acción desmesurada contra los asistentes al teatro y enseguida contra todo el mundo, formando una verdadera matanza callejera. Martí se encontraba en casa de Mendive cuando los voluntarios balacearon la casa y entraron a saco, arrestaron a Mendive y en un consejo de guerra lo condenaron a 4 años de confinamiento en España. El joven Martí se quedó sin el apoyo de su padre espiritual. Años más tarde, estando exiliado en Nueva York, Martí evocaría con cariño la escena de cómo doña Leonor había salido a buscarlo, en medio de los tiros y los muertos: “Pocos salieron ilesos/ del sable del español/ la calle, al salir el sol/ era un reguero de sesos./ (...) A la boca de la muerte/ los valientes habaneros/ se quitaron los sombreros/ ante la matrona fuerte./ Y después que nos besamos/ como dos locos, me dijo:/ Vamos pronto, vamos, hijo,/ la niña está sola: vamos!” Repito: Martí tenía 15 años. Y mucho más tarde, poco antes de morir, Martí le escribiría a su madre: “¿Y de quién aprendí yo mi entereza y mi rebeldía, o de quién pude heredarlas, sino de mi padre y de mi madre?

 El año siguiente, 1869, fue muy duro para Martí y su familia.

Una escuadra de voluntarios acusó a unos jóvenes, entre los que se encontraban Martí y Valdés Domínguez, de que los muchachos se habían burlado de ellos, o sea, de la Autoridad Colonial represiva. En el registro policial, encontraron una carta condenatoria a un amigo que siendo cubano, se había incorporado al ejército español. Fermín confesó en el juicio que él y solo él, era el autor de dicha carta al traidor. Martí lo interrumpió y aclaró que no, que el único autor de la carta era él, José Martí, y de ahí no se movió. Fue un careo muy fuerte, que la película ficcionaliza admirablemente.

Cuando uno lee, con cierta profundidad, sobre la vida y la obra y la muerte de Martí, uno no puede evitar pensar todo el tiempo en Fidel. Hasta qué punto la actitud y las decisiones políticas y estratégicas de Fidel Castro están directamente emparentadas con las de Martí. A ver, por ejemplo, ¿qué es lo que el jovencísimo José Martí concluye en aquel juicio? Fui yo el autor de la carta, enfatiza, yo asumo la responsabilidad de la rebeldía. Condenadme, no importa...

Las autoridades comprendieron que Martí era el más peligroso de los dos muchachos. A Fermín le echaron 6 meses de arresto mayor. Pero a Martí lo condenaron a nada menos que a 6 años –repito, 6 años! De presidio político con trabajos forzados en las canteras de San Lázaro. Desde la cárcel Martí le escribió a doña Leonor: “Tengo 16 años, y muchos viejos aquí me han dicho que parezco un viejo”.

El suplicio de  las canteras le causó lesiones de las que sufriría el resto de su vida, en especial una especie de infección inglinal producida por la cadena que tenía que arrastrar. La cal de las canteras también le dañó la vista. El maltrato era bestial. No obstante, le escribió a sus padres: “Y yo todavía no sé odiar”. La intensas gestiones de doña Leonor ante el Capitán General y también las de don Mariano ante un militar catalán,  José María Sardá, quien era arrendatario de las canteras y muy influyente en el gobierno colonial, dieron resultado. Sardá se llevó en su custodia al muchacho a su finca privada llamada El Abra. Sardá tenía una dotación de esclavos y su estancia allí ayudó a Martí a solidarizarse aún más con el sufrimiento indecible de los negros esclavos y ahondó aún más en él la necesidad histórica de eliminar la esclavitud.

El gobierno colonial quería deshacerse de aquel jovencito demasiado inteligente y  educado pero indoblegable –sobre quien la esposa del militar esclavista Sardá guardaría, por cierto, el recuerdo de un muchacho educado, “silencioso y amable”—y Martí fue deportado a España.

Llega a Cádiz en 1871y tiene 18 años.

En Zaragoza, en Aragón, Martí completó sus estudios universitarios. Tres años vivió en España, país que amó profundamente, separando con humildad y precoz sabiduría la historia de España, su paisaje y a sus gentes --sobre todo a los pobres de la tierra española--, del sistema colonial contra el que lucharía la vida entera, hasta su muerte en combate. Sobre España Martí escribiría: “Para Aragón, en España,/tengo yo en mi corazón/ un lugar todo Aragón/ Franco, fiero, fiel, sin saña. /Amo la tierra florida/ musulmana o española/ donde rompió su corola/ la poca flor de mi vida/.

                      De allí Martí pasó a México, donde al fin encontró alguna felicidad. Lo menciono porque en México se hizo amigo de quien sería el fiel depositario de su testamento ideológico, el mexicano don Manuel Mercado. Y también porque en México se enamoró de la que sería la mujer de su vida, Carmen Zayas Bazán. “Ella ejerce en mi espíritu –escribió Martí en aquella época—una suave influencia fortificante”--. Allí tuvo que aguantar también un tipo de malquerencia que lo perseguiría luego en Nueva York y casi hasta el momento mismo de su muerte: la incomprensión y la envidia de muchos contemporáneos. De México se va para Guatemala y su paso por ese país se convirtió un tema más de leyenda en su vida. Allí sus dertractores le pusieron el nombrete de DOCTOR TORRENTE, para burlarse de su deslumbrante facilidad de palabra. Martí impartió clases en la llamada Academia de niñas. Allí conoció a una muchachita, María García Granados, quien, por lo que sabemos de diferentes fuentes, se enamoró de Martí con una pasión romántica, adolescente y tal vez volcánica, como su tierra guatemalteca. Quizá fuese algo totalmente “normal” que aquella jovencita se sintiera atraída por el joven poeta cubano –Martí tenía 24 años--. En un poema dedicado a ella, él la había llamado “la niña bíblica”. Antes de que Martí regresara a México para casarse con su novia Carmen Zayas Bazán, la joven María Granados le  había regalado una foto con la siguiente dedicatoria:

“Tu niña”.

Martí trató de que ella no se enamorase de él pues estaba comprometido, pero esto no fue posible. En un poema para ella, Martí le había escrito: “Desempolvo el laúd/ beso tu mano/Y a ti va alegre mi canción/de hermano”. Repito: “de hermano”.

Lo que nunca ha quedado claro es si Martí también se enamoró secreta y perdidamente de la niña de Guatemala. Ella era todo lo contrario a una infeliz criatura desamparada e insensata. Su padre había sido presidente de Guatemala y era un militar honesto, adinerado y querido por todos. También por José Martí. María había tenido una educación refinada y solía participar en numerosas actividades poéticas y sociales. He aquí una descripción de ella en la época de su amistad con Martí:

 «Era alta, esbelta y airosa: su cabello negro como el ébano, abundante, crespo y suave como la seda; su rostro, sin ser soberanamente bello, era dulce y simpático; sus ojos, profundamente negros y melancólicos, velados por pestañas largas, revelaban una exquisita sensibilidad”. 

                      Martí salió de Guatemala, fue a México, contrajo matrimonio con su adorada Carmen Zayas Bazán y volvió, volvió casado. La niña de Guatemala le escribió: "Hace seis días que llegaste a Guatemala, y no has venido a verme. ¿Por qué eludes tu visita? Yo no tengo resentimiento contigo, porque tú siempre me hablaste con sinceridad, respecto a tu situación moral de compromiso de matrimonio con la señorita Zayas Bazán. Te suplico que vengas pronto.

—Tu Niña.

La niña de Guatemala murió a los 17 años.

Finalmente quiero decir algo sobre la religiosidad de José Martí. Él fue muy respetuoso, por ejemplo con las creencias afrocubanas y con el catolicismo. Sin embargo no profesó ningún tipo de adhesión a ninguna institución religiosa y escribió: “Yo quiero educar a un pueblo que salve al que va a ahogarse, y que no vaya nunca a misa”. En una de las estrofas más contundentes de sus Versos Sencillos dice, hablando de tú a tú con su propia poesía: “Verso, nos hablan de un Dios,/ a donde van los difuntos./ Verso, o nos salvamos los dos,/ o nos condenan juntos”. Don Fernando Ortiz escribió que Martí fue “un religioso sin religión”. Explico esto para que se comprenda, al menos por encima, lo más desagradable que le pasó a Martí con LA EDAD DE ORO.

El editor de la revista –por creencia o por miedo a perder dinero o reputación como editor-- le exige a Martí que les hable a los niños de Dios todopoderoso... del “temor de Dios”,  y no solo de los héroes de Nuestra América, de Bolívar, de San Martín o de una niña de buena familia con zapaticos de rosa, que se encuentra con otra, una niña pobre que que va descalza, y le dice que tiene los pies tan fríos...”ven, toma los míos, yo tengo más en mi casa”...

Ahí mismo se acabó LA EDAD DE ORO como revista, de la cual  solo se publicaron 4 números, pero que se convirtieron en un gran libro y también en una bellísima leyenda martiana.  

                      En cuanto a Martí y la ideología de Fidel, tan esencial hoy en día, diré solo dos palabras. Recordemos que Martí dijo: “El pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”. Y además: “Con los oprimidos hay que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”. O sea, “...una revolución de los humildes, con los humildes y para los humildes”. Esa influencia se vio en 1953 y está viva hoy en día, por ejemplo, en la estrategia de la guerra de todo el pueblo. Aunque muchos prefieran no ver la conexión, se trata de un homenaje luminoso a José Martí.

                      Lo último que quiero decir del ser humano de la película que vamos a ver,  es el de otra niña a quien Martí quiso mucho: María Mantilla.

Mucha saliva envenenada soltaron las lenguas de los enemigos y no enemigos de Martí en EEUU, con murmuraciones de que María Mantilla era su hija y no de su padre, o sea, que era el producto de una relación adúltera y culpable con su madre, Carmen Millares, en cuya casa de huéspedes en Nueva York Martí había vivido incluso con su esposa, Carmen Zayas Bazán. Lo que pasó o no pasó en la intimidad entre Martí y doña Carmen Millares, no lo sabremos nunca, porque los dos se lo llevaron a la tumba. En una carta a la niña, María Mantilla, escrita desde Cabo Haitiano, o sea ya rumbo a su pelea final en la manigua, Martí le escribe: “Y mi hijita, qué hace allá en el Norte, tan lejos?” La carta sigue así “Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto. ¿En qué piensa mi hijita? Piensa en mí?” El 19 de mayo de 1895, el mismo día en que Martí cayó en Dos Ríos a los 42 años de edad,  aquella niña, María Mantilla, hija suya o no, pero a la que él quiso como a una hijita, recibió una carta que Martí le había enviado semanas antes y donde le contaba que además del rifle al hombro, el machete a la cintura y su revólver, llevaba el retrato de ella, su hijta, en el pecho, como escudo contra las balas de España.

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