Participa embajador cubano en Coloquio Internacional sobre los cambios geopolíticos en el mundo actual celebrado en Túnez

Participa embajador cubano en Coloquio Internacional sobre los cambios geopolíticos en el mundo actual celebrado en Túnez

Como parte de las actividades para conmemorar el 70 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre Túnez y Rusia, se celebró el 11 de julio de 2026 en una de las salas de la Ciudad de la Cultura de Túnez un Coloquio Internacional sobre los cambios geopolíticos en el mundo actual, organizado por la Asociación de Amistad Túnez-Rusia.

Al encuentro asistieron numerosos representantes diplomáticos, expertos, académicos, periodistas y dirigentes de organizaciones políticos, así como egresados de centros de educación rusos, que analizaron los desafíos actuales del multilateralismo y los retos, especialmente los relacionados con la seguridad, del desarrollo en el Sur Global. Entre los ponentes se encontraban el embajador de la República Islámica de Irán, Mir Masoud Hosseini; el embajador de Cuba, Orlando Requeijo Gual; el ex embajador de Túnez en Rusia, Ali Goutali; el ex embajador de Palestina en Túnez, Hael Al Fahoum; el presidente de la Asociación de Amistad Túnez-Rusia, Fathi Achouch; el Secretario General del Partido Attayar Ach Chaabi (Corriente Popular), Zouhair Hamdi; y el Encargado de Negocios a.i. de la embajada de la Federación Rusa, Vladimir Khatuntsev.

Los participantes tunecinos abordaron el significado de este aniversario de las relaciones bilaterales con Rusia, así como la importancia de seguir desarrollando los vínculos entre las dos naciones, mientras que el diplomático ruso mencionó la importancia de Túnez para Rusia, entre los cinco primeros países africanos en volumen de intercambio comercial con Rusia, así como la concesión de 80 becas anuales para cursar estudios en universidades rusas.

Por su parte, el embajador iraní hizo una detallada exposición sobre la situación actual en su país y la región del Golfo, en especial tras la agresión israelí-estadounidense mantenida desde febrero pasado y la flagrante violación del derecho internacional. El ex embajador palestino se refirió al genocidio que se comete contra su pueblo, tanto en Gaza como en Cisjordania, por parte de la entidad sionista con el abierto apoyo del gobierno de Estados Unidos.

El embajador de Cuba enfocó su intervención en la historia de las agresiones de Estados Unidos contra Cuba, desde la Doctrina Monroe hasta el recrudecimiento del bloqueo genocida, el respaldo alcanzado en la denuncia ante la comunidad internacional en la ONU, los intentos para hacer callar las expresiones de solidaridad con el pueblo cubano y los peligros que entraña la postura agresiva, incluso con la amenaza del uso de la fuerza militar, de la actual administración Trump.

Tras las presentaciones, varios asistentes realizaron comentarios que se añadieron a los planteamientos expuestos por los ponentes. La actividad contó con la presencia de varios medios de prensa tunecinos, así como de la corresponsalía local del canal Russia Today en árabe.

A continuación el texto de la presentación realizada por el embajador cubano en Túnez:

Buenos días,

Ante todo deseo agradecer a los organizadores la amable invitación que me extendieron para participar en el coloquio titulado « Les mutations géopolitiques en cours et la place de la Tunisie dans un nouvel ordre mondial », un tema sumamente retador y ambicioso, en el cual el intercambio de ideas pudiera ilustrarnos sobre las complejidades del mundo en que vivimos, los desafíos que enfrentamos y los peligros que vive la humanidad.

La historia del mundo se desarrolla desde hace miles de años, siempre con el matiz de ser contada más por los vencedores que por los perdedores, y con la aplicación de un sesgo sectario que en ocasiones nos aleja de las esencias de los fenómenos y nos lleva a repetir supuestas verdades como mantras, siempre en función de quienes nos quieren imponer pensamientos únicos y totalitarios, utilizando los medios de comunicación masiva.

Pero el mundo es tan complejo que es imposible definirlo en un solo grupo de palabras. Durante muchos años, la historia solo era contada desde el punto de vista europeo. Los grandes imperios que iniciaron la colonización nos quisieron imponer sus narrativas y además nos obligaban a creer en ellas, como si otros enfoques no fueran posibles.

En esta situación los países colonizados siempre salían perdiendo, sus puntos de vista no eran tenidos en cuenta y poco importaba lo que pensaran los habitantes de esos países, relegados, subdesarrollados, sometidos y denostados si alguno tenía la intención de subvertir el orden que se le había impuesto. Sólo podían aportar gladiadores al espectáculo de pan y circo de los poderosos. Lo demás no importaba.

Hoy la situación no dista mucho de aquellos tiempos. Tras los cambios ocurridos en las últimas décadas en el escenario internacional, se producen nuevos intentos de imponer normas, abusos, caprichos y decisiones que para nada tienen que ver con las aspiraciones y deseos de la inmensa mayoría de los pueblos del mundo. Y si algún “gladiador” se rebela, entonces será sometido a los más crueles castigos, para que el ejemplo de rebeldía no se extienda y que los poderosos sigan siendo los amos dominantes.

Yo vengo de uno de esos gladiadores en este mundo de hoy. Cuba es conocida por muchas cosas: la música, la alegría, el habano, el ron, la sensualidad, la mixtura de sus orígenes y un largo etcétera. Pero también es conocida por su valentía, su resistencia, su resiliencia y su lucha contra los explotadores, tratando de dar a conocer su verdad y convencida de que el único camino para obtener la dignidad es luchar por ella. Nada nos será regalado.

Cuando en la segunda mitad del siglo XIX el decadente imperio español estaba a punto de desaparecer, los habitantes de Cuba y Puerto Rico seguían bajo el dominio colonial español. Durante 30 años se luchó muy fuerte contra un poderoso ejército español concentrado para aplastar la rebelión mediante el hambre y las necesidades en condiciones sumamente difíciles. Cuando los patriotas cubanos estaban a punto de derrotar a los españoles, se produjo la intervención norteamericana, con el pretexto de “ayudar” a los cubanos a expulsar a España de su “Perla de las Antillas”.

Con ese cuento ocuparon política y militarmente la isla desde 1898 hasta 1902, año en que se proclamó la independencia de Cuba, con un presidente con doble ciudadanía, un embajador norteamericano que dirigía el país y una enmienda constitucional impuesta desde el Congreso de Estados Unidos que invocaba el derecho a intervenir en Cuba cuando lo entendiesen oportuno.

Era la ejecución práctica de la Doctrina Monroe, aquella propuesta que un entonces Secretario de Estado, posteriormente devenido presidente, lanzó en 1823 que se resumía en la famosa frase de “América para los americanos”, o sea, todo el continente americano debía pertenecer a los habitantes de los Estados Unidos de América, que apenas habían llegado a proclamar su independencia hace ahora exactamente 250 años, en 1776, despojando de paso de todo derecho a los habitantes originarios de los territorios que fueron ocupando, uno tras otro, mediante saqueos, robos o compras.

Atención, estoy hablando de los siglos XVIII y XIX, aunque parezca que esos hechos se quieren repetir en la actualidad, con el resurgimiento de la Doctrina Monroe, con su corolario Trump, al punto de que incluso se le quiere llamar “Corolario Donroe”.

Tras la independencia de Cuba en 1902, y con la autorización de la llamada Enmienda Platt, Estados Unidos ocupó nuevamente Cuba en dos ocasiones: 1906 y 1912, supuestamente para salvaguardar el “orden constitucional” implantado a la fuerza.

La República de Cuba era una típica república bananera: grandes extensiones de tierra en manos de empresas norteamericanas o sus testaferros cubanos; todos los servicios básicos (electricidad, teléfonos, transporte, refinerías, puertos, aeropuertos, etc.) en manos de empresas norteamericanas que incluso tenían sus nombres en inglés; presidentes que fingían serlo cuando en realidad cumplían las órdenes de Washington; una situación desesperada en la inmensa mayoría de la población y todo intento por cambiar la situación era reprimido a sangre y fuego.

Solo durante los últimos años de la dictadura de Fulgencio Batista, un “democrático” tirano amigo de Estados Unidos que llegó al poder mediante un golpe de Estado militar para evitar unas elecciones que nunca fue sancionado o criticado por este hecho, se calcula que fueron asesinados unos veinte mil cubanos.

Esto llevó a la rebelión improvisada primero del ataque al Cuartel Moncada en 1953 y organizada después con el desembarco del yate Granma y los 25 meses de combate en la Sierra Maestra primero y por buena parte del territorio nacional después, que condujo a la derrota del ejército de la tiranía, la huida del dictador Batista (hacia Estados Unidos por supuesto) y al triunfo revolucionario del 1ro de enero de 1959 bajo la conducción de un joven abogado llamado Fidel Castro, devenido en el líder que se estuvo buscando durante décadas, heredero de aquellos que en el siglo XIX trataron de hacer lo mismo.

Pero la hazaña del triunfo de la joven revolución era un mal ejemplo para el patio trasero de Estados Unidos, a solo 140 kilómetros de sus costas y colindante con el perímetro del territorio que ocupa ilegalmente, como herencia no deseada y en contra de la voluntad de su pueblo, en la actual Base Naval de Guantánamo, devenida famosa entre otras cosas por haber sido convertida en un centro de reclusión y tortura supuestamente fuera de la jurisdicción norteamericana.

Entonces, comenzaron los castigos: en el mismo año 1959 lanzaron bombardeos contra ciudades y campos cubanos; en 1960 se redactó el memorando del Subsecretario de Estado Lester Mallory indicando que había que provocar caos y hambre en el pueblo para derrocar a la joven revolución; en 1961, mientras se hacía una campaña de alcance nacional para eliminar el analfabetismo, se lanzó la fallida invasión de Bahía de Cochinos, que solo duró 66 horas, con un elevado sangre de muerte y dolor; en 1962 tuvo lugar la conocida como “Crisis de Octubre” o “crisis de los misiles”, momento en que el mundo estuvo bien cerca, quizás como nunca antes, de un holocausto nuclear; se financiaron grupos de bandidos entre 1960 y 1965 que trataron de reconquistar para sus antiguos amos las tierras distribuidas en los procesos de la reforma agraria, que entregó la propiedad de la tierra a quienes la trabajaban; se planearon, diseñaron y ejecutaron 538 planes de atentado contra la vida de Fidel Castro, cuyo centenario conmemoramos el próximo 13 de agosto. Todos fracasaron.

En sentido general se inició la guerra económica, comercial y financiera, que en Cuba denominamos bloqueo, para aplastar la resistencia del pueblo cubano mediante el hambre, las enfermedades, los actos terroristas, los sabotajes y las dificultades. Cuba fue expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA) o como el entonces ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Raúl Roa, denominó, “Ministerio de Colonias yanquis”, al cual no tenemos la menor intención de regresar jamás. El cerco se fue tendiendo en la economía, la política, la diplomacia, la cultura y hasta en el deporte. Pero se ha ido venciendo, con grandes sacrificios por parte del pueblo cubano.

Este bloqueo se fue reforzando cada vez más, ya no solo por las órdenes ejecutivas del presidente norteamericano de turno, desde Eisenhower hasta Trump, sino también mediante leyes aprobadas por el Congreso que tratan a Cuba como un país de tercera categoría, a su pueblo como un grupo de rebeldes insumisos y que deben rendirle respeto al amo norteamericano. Para colmo, se incluyó a Cuba en cuanta lista fabrica el Departamento de Estado que nada tiene que ver con la realidad: patrocinador de terrorismo, promotor de la esclavitud, facilitador de la trata de personas y hasta de persecución religiosa.

Pero Cuba no fue aplastada. Su ejemplo, en medio de las dificultades más atroces jamás experimentadas por una población en los dos últimos siglos, se ha mantenido firme. En los primeros años se contó con el apoyo solidario de la Unión Soviética y de los países del bloque socialista europeo. Al desaparecer este bloque, en Washington volvieron a pensar que había llegado el momento de reconquistar la isla indómita. Pero nuevamente se volvieron a equivocar.

Mucho sufrió el pueblo cubano en los años 1990, pero supo readaptarse a las nuevas situaciones y volver a emprender su camino de desarrollo autónomo, a la medida de sus aspiraciones y deseos, salvaguardando la independencia, la autodeterminación y la soberanía nacional.

En todo este proceso Cuba ha contado con el apoyo de la inmensa mayoría de los pueblos del mundo. Ha recibido y ha ofrecido solidaridad ante epidemias, desastres naturales y necesidades imperiosas en países de todos los continentes, a pesar de sus serias limitaciones materiales y financieras.

Y mientras Cuba ofrecía solidaridad, seguía recibiendo los duros embates de las acciones hostiles del gobierno de Estados Unidos, incapacitado para aceptar que en su vecindario inmediato hay un pueblo que no desea ser su esclavo.

Desde 1992 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprueba cada año un proyecto de resolución presentado por Cuba titulado “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, financiero y comercial impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”. Al mismo solo se oponen permanentemente desde el inicio Estados Unidos e Israel, lo cual para Cuba representa un gran honor, por su constante apoyo a las causas de los pueblos árabes y del Oriente Medio, y en especial del pueblo palestino.

El actual gobierno de Donald Trump, heredero del mismo odio y malestar imperial de hace más de dos siglos, ha hecho casi todo lo posible para destruir al pueblo cubano, sometiéndolo a un cerco petrolero sin precedentes y a una guerra híbrida, a la cual dedica millones de dólares cada año para tratar de que la población cubana culpe a su gobierno de la crisis que enfrenta, como si el pueblo cubano fuera tan tonto de creer todas las falacias y mentiras propaladas por sus medios de difusión masiva, los llamados mainstream, así como de una fauna de influencers pagados que solo repiten las instrucciones que reciben desde el Departamento de Estado o la Casa Blanca.

Ante el agravamiento de la situación, el gobierno de Cuba decidió reabrir el punto 38 de la agenda de la Asamblea General de la ONU que aborda el tema del bloqueo cada año. Y lo que podría haber sido una simple solicitud se convirtió en un verdadero campo de batalla en todo el mundo, para abordar el tema el pasado martes 7 de julio.

El Departamento de Estado bajo la batuta mediocre de Marco Rubio, un personaje corrupto del sur de la Florida que busca el restablecimiento en Cuba de la dictadura que desapareció en 1959, lanzó un mensaje a todas sus embajadas instruyendo hacer presión sobre todos los gobiernos del mundo para, mediante una moción procesal, impedir que se hablara y discutiera en el seno de la Asamblea General sobre la actual situación de sufrimiento del pueblo cubano y el recrudecimiento del bloqueo contra Cuba que ha llevado a que se eleven negativamente los indicadores de mortalidad infantil, de muertes por imposibilidad de aplicar tratamientos médicos dada la carencia de combustible para generar electricidad, la parálisis del transporte, del turismo, de la agricultura y de la industria, en fin, para exponer ante el mundo lo que muchos no quieren o no les dejan ver.

A pesar de las brutales presiones (alguien me dijo que eran presiones y no amenazas), el voto procesal solicitado por Estados Unidos fue rechazado. Un total de 136 estados miembros votaron a favor de que se celebrara el debate y solo 9 (los habituales y algunas marionetas venidas a menos que se sumaron en esta ocasión) votaron por hacer callar la voz de Cuba y de los pueblos del mundo. Treinta prefirieron abstenerse por temor a las represalias de Washington y a provocar la ira de Trump).

La censura fue derrotada. El mensaje de Cuba se dejó oír en la voz de su ministro de Relaciones Exteriores, quien rechazó firmemente las mentiras inconsecuentes esgrimidas tanto por el embajador de Estados Unidos ante la ONU, un individuo histérico y desesperado en la derrota, como de su Adjunto, incapaz de elaborar un discurso coherente y que pudiera atraer seguidores.

A pesar de las amenazas, la lista de oradores fue tan extensa que no bastaron dos sesiones de trabajo de la Asamblea y se tuvo que convocar una tercera ayer viernes 10 de julio. La inmensa mayoría defendió el derecho del pueblo cubano, que no tiene que recurrir a amenazas de suspender ayudas, ni imponer aranceles, ni dejar sin efecto acuerdos bilaterales, ni prohibir los visados a funcionarios, empresarios y sus familiares en busca de ese apoyo.

Túnez una vez más votó a favor de celebrar el debate, y mantuvo su tradicional posición a favor de los reclamos del pueblo cubano.

Los mensajes fueron claros. A pesar de la situación geopolítica imperante, del triunfalismo de un gobierno que busca su expansión por encima de adversarios e incluso de sus propios aliados, siguen vivas la esperanza y la dignidad de la inmensa mayoría de los pueblos del mundo. Eso estimula al pueblo cubano a seguir su batalla por mantener la independencia, el decoro, la soberanía y la salvaguarda de sus intereses. Y en esa batalla, con toda seguridad, a pesar de todos los vientos en contra y de las amenazas, incluso de agresión militar, de nuestro imperio vecino, Cuba vencerá.

Muchas gracias.             

Y antes de concluir, una última nota que acabo de recibir:

Según el Washington Post, el Secretario de Estado de EE. UU. convocará una reunión ministerial de 60 países la próxima semana para debatir el supuesto “peligro” que representa lo que el presidente Trump denomina el “resurgimiento del terrorismo transnacional de extrema izquierda”. Resulta curioso que se utilice el verbo “resurgimiento” para describir un fenómeno completamente desconocido.

No se puede ignorar que el gobierno estadounidense se enfrenta a elecciones este noviembre que, por el momento, parecen desfavorables. Tampoco ignora que el impacto de las políticas económicas neoliberales implementadas durante décadas se está haciendo cada vez más visible y comprensible para los trabajadores estadounidenses, víctimas de la creciente concentración de la riqueza en manos de una minoría y de la alienación de la mayoría, cuyos ingresos disminuyen constantemente en la principal potencia económica mundial.

Crear una cortina de humo siempre resulta conveniente en estas circunstancias, especialmente si también sirve para intimidar, comprometer y, en última instancia, subyugar a los gobiernos soberanos, tanto en la región como en el resto del mundo. Sin duda, se requerirá un considerable esfuerzo intelectual y filosófico para negar realidades históricas y patrones bien establecidos de desarrollo económico y social, que la ciencia política dejó de cuestionar hace mucho tiempo.

Esta tendencia hacia el maniqueísmo ya se percibe en las declaraciones públicas del gobierno y de ciertos políticos. Estas recuerdan a los historiadores los oscuros episodios de la Europa de la década de 1930. Para los países latinoamericanos, esto podría reavivar el recuerdo del fanatismo anticomunista de la Guerra Fría, impuesto por Estados Unidos en la región, que desató una conocida ola de represión en muchas naciones americanas, al servicio de los intereses de las grandes empresas y que, de hecho, se prolongó casi hasta finales del siglo XX, causando decenas, si no cientos, de miles de muertes y desapariciones.

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