Luanda (Prensa Latina) Ni familiares ni amigos cercanos entendían la decisión de la angoleña Manuela Moreira: ella celebraría sus 50 años de vida con un viaje al Caribe para reconstruir recuerdos de once años en un país asediado.
La ejecutiva del universo bancario no iría sola, llevaría con ella a su único hijo -un muchacho en plena juventud-, para que conociera a la isla que le cambió la vida y entendiera los consejos de una madre: 'sin sacrificios no hay éxitos duraderos', relató a Prensa Latina.
SI ME DIJERAN, PIDE UN DESEO
Tenía apenas 13 de años de edad cuando llegó por primera vez a la Isla de la Juventud, en el sur del archipiélago cubano, donde la existencia cotidiana podía resumirse en una escueta frase: 'la cosa está mala'.
La alusión a las carencias materiales lo mismo servía para hablar de los problemas individuales, que abrirse paso en una conversación informal pero sobre todo para caracterizar los estragos del bloqueo económico, financiero y comercial de Estados Unidos.
En la beca, recordó, solían bromear con el dicharacho, 'porque uno aprende a reírse de las necesidades sin ser indolente, es una manera de enfrentar con optimismo hasta las situaciones más difíciles'.
Por esos azares de la vida, explicó, 'siempre celebraba mi cumpleaños en una fiesta, porque allá se esperan los 28 de septiembre con música, baile, ron..., y la típica caldosa para festejar la fundación de los CDR' (Comités de Defensa de la Revolución).
Con sus altas y bajas, 'fueron los mejores años de mi vida', aseguró la economista, alumna de la universidad de Oriente y luego de La Habana, donde completó la licenciatura en Contabilidad y Finanzas.
Al retornar a aquellos sitios después de tanto tiempo, 'sentí una mezcla de alegría y tristeza', sobre todo en la Isla de la Juventud; 'la escuela donde estudié ya no existe, solo quedan las estructuras de hormigón en desuso'.
En esos lugares, 'hice filmaciones, contando mi historia de vida, quería transmitirles a mi hijo y a otros jóvenes, lo que significó para una niña angoleña vivir lejos de su mamá durante once años, pues debía aprovechar la oportunidad de estudiar.'
Volver a Cuba fue un buen regalo de cumpleaños, 'disfruté mucho el contacto con la gente, que sigue siendo igual: emprendedora, alegre, con deseos de vivir, y yo quería que mi hijo viera eso'.
Según comentó, no logra entender por qué el gobierno de Estados Unidos 'persiste en tratar de asfixiar a los cubanos, cuando el mundo está en contra de esa política'.
Parafraseando la canción 'Rabo de Nube' de Silvio Rodríguez, 'si me dijeran, pide un deseo, preferiría el levantamiento del bloqueo', expresó la entrevistada.
MI ÍDOLO
Al pasar del tiempo algunos detalles resultan borrosos: aquel día llovía a cántaros y ella no dejaba de llorar; si le preguntaban, diría que era por el miedo a los truenos.
Entonces, entró en el dormitorio una compañera de aula, gritando su nombre: 'Manuela, Manuela, levántate, que Fidel (Fidel Castro) acaba de hablar y dijo que habrá exámenes extraordinarios para los suspensos'.
'Así pude pasar de octavo para noveno sin repetir un grado', narró a Prensa Latina. 'Por eso, afirmó, me duele tanto cuando hablan mal de Fidel, porque él vivía al tanto de las preocupaciones del pueblo'.
A veces, explicó, hay personas que le preguntan si ella es comunista: 'Y en realidad nunca me ha interesado entrar en ese tipo de definiciones, solo respondo que tengo los valores humanos aprendidos en Cuba y no puedo ser de otra manera'.
'Esa tierra solidaria, socialista, comunista, como la quieran llamar, acogió a miles de jóvenes de diversas naciones para darnos la oportunidad de estudiar sin ser un país rico, porque todo el mundo sabe lo que significa el bloqueo', sopesó.
Por lo general, los seres humanos suelen tener sus ídolos, 'el mío, confesó, se llama Fidel Castro: Un hombre grande, que nunca dejó de luchar', opinó.
En el viaje por su cumpleaños 50, Manuela reservó un espacio para ir al cementerio de Santa Ifigenia en la oriental ciudad de Santiago de Cuba: 'Fui a llevarle flores a Fidel...' No dijo más, respeté su silencio, las lágrimas y el tiempo para el respiro antes de formular la siguiente pregunta.
NACIDA EN ZAMBIZANGA
Ni su natal Zambizanga ni el barrio de Cazenga, ambos en la periferia de Luanda, eran sitios propicios para que una niña humilde llegase a universitaria; todavía hoy abundan allí las casas sin agua corriente y de techos improvisados con cartones y latas.
'En mi calle había una familia en condiciones más holgadas, el padre tenía carro y un poco de dinero, pensaba cuando aquello que el futuro de su hija iba a ser distinto'.
Pasados los años, se tropezaron en una clínica, 'pero ella evitó mi saludo, bajó la vista y siguió limpiando el piso, se veía avejentada. Entré a la consulta del médico y nunca más volvimos a vernos, supe después que falleció, enferma de Sida', lamentó Manuela, quien mantiene los nexos familiares con Cazenga.
Muchos de los amigos de la infancia, refirió, siguen viviendo allí, la mayoría no rebasó los primeros grados de la primaria; 'en casa, acotó, soy la menor de los nueve hijos y la primera en llegar a la universidad, solo una de mis hermanas logró licenciarse y fue hace apenas un par de años'.
No es tener un título para vanagloriarse, 'mis ocupaciones como directiva de un banco me han permitido llegar a regiones de Angola donde aún hay mucha pobreza, para ayudar a la implementación de programas sociales, diseñados por el gobierno'.
Uno de esos viajes fue a la sureña provincia de Cunene: 'Vi los estragos de la sequía, los niños desnutridos, pero también a médicos cubanos salvándoles la vida'.
