Desde la retaguardia
Antonio Sánchez Díaz había llegado a fines de noviembre a Ñacahuazú, Bolivia, y en diciembre tenía ya dos puntos por el golpe de un palo ligeramente encima de las cejas; y en enero tenía ya kilómetros de camino difícil en las piernas. Vadeando arroyos; correteando lomas.
Había sido nombrado por Guevara jefe de la vanguardia guerrillera y ahora ya no era Antonio, sino Marcos, y tenía un fusil M1 Garand con el que podía fácil hacer 40 disparos por minuto. Y era rebelde.







