Por Isaac Saney*
Desde la invasión imperialista estadounidense de Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro, los medios occidentales se han inundado con el coro familiar: Cuba está a punto de caer. Una vez más, expertos, grupos de reflexión y consejos editoriales desempolvan un viejo guion, anunciando la inminente desaparición de la Revolución Cubana. Las dificultades se presentan como destino; la escasez se reformula como fracaso; la resistencia se burla como negación. El mensaje es claro y ensayado: la historia ha seguido su curso y Cuba debe someterse.
Esta narrativa no es nueva ni accidental. Es la sirvienta ideológica de la agresión. Normaliza la violencia del imperio borrando sus huellas, reformulando los efectos predecibles de un asedio implacable como incompetencia y disfunción internas. Prepara a la opinión pública no para la comprensión, sino para la aquiescencia —aquiescencia a las sanciones, a la coerción, a la anulación de la soberanía cubana bajo el disfraz de “inevitabilidad”.
Cada pocos años, el ritual se repite. Cuba está “colapsando”. Cuba está “implosionando”. Cuba debe “cambiar” —siempre en la dirección de la restauración neoliberal y la tutela estadounidense. La cadencia es constante porque el objetivo es constante. Lo que cambia son los pretextos: el fin de la Unión Soviética, el endurecimiento de las sanciones, la pandemia, la crisis de la cadena de suministro global, el choque energético.
Lo que nunca cambia es la negativa a nombrar el asedio en sí —el sistema de guerra económica más completo, a largo plazo y constantemente intensificado jamás impuesto a un país pequeño— como el hecho central que moldea la vida cubana. Esta es una lucha grotescamente asimétrica de dimensiones sin precedentes en la que la potencia militar más formidable que jamás haya existido exige una sumisión completa y absoluta.
Cuando se pregunta a los cubanos —intelectuales y trabajadores, activistas del Partido y funcionarios del Gobierno, amigos que navegan la vida diaria bajo condiciones brutalmente difíciles— si el proyecto de independencia nacional y desarrollo socialista puede sobrevivir, las respuestas no son ni evasivas ni ilusorias. Son sobrias. No hay garantías, dicen. La historia no ofrece ninguna. La cuestión se resolverá en el crisol de la lucha. Lo que prometen no es certeza, sino compromiso: defender lo que se ha construido, luchar con claridad sobre lo que está en juego.
Y lo que está en juego nunca ha sido ambiguo. El objetivo de Washington siempre ha sido singular: revertir el proceso emancipador iniciado en 1959; derrocar la Revolución; eliminar el socialismo; restaurar el capitalismo y la dominación estadounidense. Esto no es una conjetura —es política, declarada y reiterada a lo largo de las administraciones, codificada en ley, aplicada mediante sanciones diseñadas explícitamente para “provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”. Hablar del supuesto “fracaso” cubano sin hablar de esto no es análisis; es propaganda.
La mentira del fracaso inevitable cumple una función ideológica crucial. Transforma la resistencia en terquedad, la dignidad en obstinación, la soberanía en un anacronismo. Pide a Cuba que se disculpe por sobrevivir. Insiste en que el único horizonte racional es la rendición —que el único futuro digno de reconocimiento es aquel en el que los cubanos renuncien a su derecho a hacer su propia historia y a elegir su propio sistema social. Según esta versión, el crimen no es el bloqueo; el crimen es el desafío.
Pero la historia de Cuba se niega obstinadamente al guion. Una pequeña isla, sometida a más de seis décadas de guerra económica, ha erradicado el analfabetismo, ha construido un sistema universal de atención médica, ha formado médicos para el mundo y se ha solidarizado con luchas de liberación mucho más allá de sus costas. Nada de esto es para idealizar las dificultades o negar las deficiencias y contradicciones reales. Es para insistir en el contexto, en la causalidad, en la honestidad. Es para rechazar la obscenidad de culpar a la víctima por las heridas infligidas por el imperio.
Cuba está soportando hoy un esfuerzo sistemático para estrangular su economía y su voluntad, pero se está resistiendo: es una práctica diaria en condiciones diseñadas para aplastar la esperanza. Es la insistencia en que la soberanía no es negociable, que la dignidad no está en venta, que el futuro no será dictado por aquellos que nunca aceptaron el derecho de la isla a existir en sus propios términos.
La obsesión de los medios occidentales con el "fin" de Cuba revela menos sobre Cuba que sobre la impaciencia del imperio, y de hecho sobre el fracaso del propio imperio. Después de más de sesenta y cinco años de fracaso en quebrar la Revolución, los arquitectos del asedio aún no pueden aceptar una verdad simple: que la historia no se mueve según sus plazos, y que los pueblos bajo ataque no deben capitulación a sus opresores.
El destino de Cuba no se decidirá en editoriales ni en informes de think tanks. Se decidirá, como entienden los propios cubanos, en la lucha, desigual, difícil e incierta, pero resueltamente propia. La Revolución nunca ha prometido inevitabilidad. Ha prometido resistencia. Ha prometido esperanza. Y eso, a pesar de todo, continúa.
* Historiador, académico y activista canadiense.
