Cuba y el costo moral del silencio

Apenas estamos en el segundo mes de 2026, y ya parece que el mundo se ha transformado bajo nuestros pies. El ritmo del cambio global, o incluso de la agitación, ha llevado a muchos a ignorar por completo las noticias. Sin embargo, aquí en el Caribe no deberíamos apartar la vista de lo que ocurre en uno de nuestros estados insulares vecinos, Cuba. Durante décadas, Cuba ha sido más que un vecino fiel del Caribe anglófono. Ha otorgado becas a nuestros estudiantes para estudiar medicina y otras disciplinas en sus universidades. Ha brindado atención médica a nuestros ciudadanos, ha enviado médicos y enfermeras para ayudarnos durante la pandemia de COVID-19, ha enviado soldados a luchar en las luchas anticoloniales y ha apoyado a innumerables países del mundo en momentos de crisis.

Tras la Revolución Cubana de 1959 y desde 1962, Cuba ha estado sujeta a un amplio embargo comercial y económico estadounidense.  Con el tiempo, estas sanciones se han endurecido, flexibilizado y endurecido. Se extienden más allá del comercio bilateral entre Estados Unidos y Cuba, ya que Estados Unidos busca aplicarlas extra jurisdiccionalmente a terceros países y empresas que comercian con la isla, aprovechando su control del sistema financiero global como moneda de reserva mundial. Para una pequeña nación insular de aproximadamente 11 millones de habitantes y unos 110.000 kilómetros cuadrados, esto ha significado décadas de acceso restringido a numerosos bienes, servicios e inversiones.

Si bien ningún gobierno está exento de errores y ha habido algunos desafíos de gobernanza y restricciones a las libertades políticas, es imposible ignorar la presión estructural ejercida por más de medio siglo de aislamiento económico impuesto por el país más poderoso del mundo. A pesar de sus desafíos económicos y políticos, Cuba ha logrado resultados sociales que rivalizan con países mucho más ricos. Su esperanza de vida es similar a la de Estados Unidos, mientras que su tasa de mortalidad infantil es inferior a la de Estados Unidos y a la de muchos países con un PIB per cápita significativamente mayor. Estos logros reflejan una inversión sostenida en atención médica y educación universales, decisiones políticas acordes con su ideología socialista, que prioriza el desarrollo social de su pueblo.

Sin embargo, hoy Cuba enfrenta una grave crisis humanitaria. El 29 de enero de 2026, Estados Unidos calificó a Cuba como una "amenaza inusual y extraordinaria" para su seguridad nacional y política exterior, y tomó medidas para restringir aún más el acceso de la isla a suministros esenciales. Los envíos regulares de petróleo desde Venezuela cesaron tras la invasión estadounidense y la destitución del presidente Nicolás Maduro. Otros países, como México, que habían estado suministrando petróleo, se han enfrentado a amenazas estadounidenses de represalias económicas, incluyendo aranceles.

Esta escalada de la agresión estadounidense es particularmente preocupante porque, en un mundo que aún depende de los combustibles fósiles, el petróleo no es un lujo. Alimenta los respiradores en las unidades de cuidados intensivos que atienden a pacientes enfermos y bebés prematuros. Hace funcionar los sistemas de agua y las redes eléctricas. Mantiene las luces encendidas en los hogares. Cuando el combustible deja de fluir, la vida cotidiana comienza a desmoronarse. El resultado son apagones generalizados, colas en las gasolineras, racionamiento de productos básicos, aumento de precios y una creciente presión sobre hospitales y hogares, lo que ha llevado al presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, a condenar repetidamente esta última escalada de la agresión estadounidense, al tiempo que mantiene la apertura de Cuba al diálogo constructivo. El Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, ha advertido sobre las implicaciones humanitarias de esta escalada de la acción estadounidense. Privar a Cuba de petróleo es, literalmente, privar de petróleo al pueblo cubano.

Lo más preocupante quizás sea el silencio global, a pesar de algunas superficiales declaraciones de solidaridad. Hasta ahora, las naciones poderosas se han mantenido al margen mientras los cubanos sufren crecientes carencias y dificultades por atreverse a elegir un modelo de gobernanza contrario a los intereses capitalistas y por intentar navegar en un sistema internacional asimétrico en sus propios términos. Por lo tanto, no es sorprendente, pero también profundamente decepcionante, que los países caribeños, que estuvieron entre los primeros en establecer relaciones diplomáticas con Cuba y que cada año exigen el fin del injusto embargo estadounidense, hayan guardado un silencio sepulcral ante estas últimas agresiones. Es muy posible que los líderes regionales estén utilizando discretamente la vía diplomática para dialogar con el gobierno y los legisladores estadounidenses sobre este asunto. Pero también sabemos que, según informes, los gobiernos caribeños se han enfrentado a amenazas como aranceles, restricciones de visas y represalias económicas, y algunos se han visto obligados a dejar de enviar a sus estudiantes a Cuba.

Para los estados pequeños, la cuestión es clara: o alzan la voz y se enfrentan a la victimización, o guardan silencio y protegen de daños inmediatos a sus propios ciudadanos, de quienes dependen para su apoyo electoral. Después de todo, si los países más poderosos carecen del coraje moral para enfrentarse al país más poderoso del mundo, ¿quiénes somos nosotros para hacer otra cosa? Pero ¿desde cuándo en el Caribe determinamos nuestra propia moralidad por las acciones de los más poderosos? Si las naciones más grandes carecen del coraje para actuar, ¿nos eximen eso de nuestra responsabilidad de unirnos y defender a Cuba como lo hemos hecho en el pasado?

La solidaridad con el pueblo cubano no es opcional, es un imperativo moral. Al igual que el genocidio en curso en Gaza, la historia registrará y juzgará cómo respondió el mundo en este momento. Como ciudadanos, no estamos indefensos. Podemos presionar a nuestros gobiernos para que actúen. Podemos escribir y organizarnos para instar a nuestros líderes a colaborar bilateralmente y a abogar en foros regionales e internacionales. Como gobiernos individuales, tenemos limitaciones, pero actuando colectivamente, podemos abogar en nombre de Cuba y por el fin de esta escalada y de un embargo que no solo ha fracasado en su propósito, sino que solo ha servido para fortalecer y fortalecer al pueblo cubano.

Cuba ha sido amiga nuestra y de muchos en todo el mundo. Es hora de que, como región y como comunidad global, demos un paso al frente y seamos amigos de Cuba cuando más importa. La valentía moral no es fácil ni conveniente, sino necesaria. La pregunta que nos planteamos es si, al recordar esta coyuntura histórica, podremos decir que alzamos la voz en solidaridad con nuestros hermanos y hermanas cubanos, o si preferimos la seguridad del silencio. Pase lo que pase, espero y rezo para que Cuba venza.

 

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