Fidel a los 100: una visión revolucionaria para el futuro de la humanidad

Por Isaac Saney*

El 13 de agosto de 2026, el mundo conmemora el centenario del natalicio de Fidel Castro Ruz. Cien años después de su nacimiento, Fidel continúa siendo una figura de extraordinaria trascendencia histórica, no solo por la transformación política y socioeconómica que lideró en Cuba, sino porque se atrevió a plantear una de las preguntas fundamentales que enfrenta la humanidad: ¿Qué tipo de mundo queremos construir?

Su respuesta fue intransigente. Fidel creía que la humanidad no podía sobrevivir indefinidamente en un mundo organizado en torno a la explotación, la dominación imperial, el racismo, la guerra, la pobreza, la destrucción ecológica y la acumulación ilimitada de riquezas. Otro mundo no solo era posible; era necesario.

Vivimos en circunstancias extraordinariamente peligrosas. Los movimientos fascistas y autoritarios están cobrando fuerza en muchas partes del mundo. El racismo y la xenofobia se están normalizando. El genocidio y el castigo colectivo de naciones y pueblos enteros se han convertido, de manera aterradora, en algo habitual. La concentración de la riqueza continúa mientras miles de millones de personas enfrentan inseguridad económica. Las rivalidades imperialistas se intensifican. Los gastos militares se disparan mientras las necesidades sociales permanecen insatisfechas. Y, por encima de todas estas crisis, se cierne la inminente catástrofe ecológica.

Por tanto, el centenario no debería reducirse a un ejercicio de memoria. Debe ser una ocasión para la reflexión, la lucha y la renovación. El propio Fidel rechazó la idea de que su legado se redujera a monumentos o estatuas. El homenaje más significativo que se le puede rendir no consiste en plasmar su imagen en piedra, sino en continuar las luchas a las que dedicó su vida: la lucha contra la explotación y la opresión; contra el imperialismo y el colonialismo; y por el socialismo, la paz, la soberanía, el internacionalismo y la emancipación de la humanidad.

La Revolución Cubana ilustra vívidamente esta praxis en acción, demostrando cómo las ideas revolucionarias pueden traducirse en realidad y sostenerse mediante la lucha colectiva. El 1.º de enero de 1959, el pueblo cubano, liderado por Fidel Castro, asumió firmemente el control de su propio destino y abrió un nuevo capítulo en la historia de su nación. Las décadas transcurridas desde entonces han ofrecido una rica y profunda demostración de lo que puede lograrse cuando un pueblo conquista su independencia, defiende su soberanía y ejerce su derecho inalienable a la autodeterminación.

Bajo el liderazgo de Fidel, Cuba emprendió campañas masivas de alfabetización, amplió el acceso a la educación y la atención sanitaria, transformó la propiedad de la tierra, incrementó notablemente la participación de las mujeres en la vida social y económica y desarrolló instituciones destinadas a convertir el bienestar social en una responsabilidad colectiva y no en una mercancía. La importancia de estos logros no puede separarse de las extraordinarias circunstancias en las que tuvieron lugar.

Para Fidel, el socialismo no era simplemente un sistema diferente de gestión económica. Era un proyecto moral y político: el intento de construir una sociedad en la que los seres humanos dejaran de ser tratados principalmente como instrumentos para la acumulación de riquezas. Por eso Fidel volvía una y otra vez sobre los temas de la dignidad, la solidaridad y la justicia. Y por eso también el internacionalismo de Cuba se convirtió en uno de los rasgos definitorios de la Revolución.

Fidel comprendió que la soberanía cubana nunca podría separarse de la soberanía y la liberación de otros pueblos. Por ello, la Revolución rechazó la lógica según la cual un país pequeño debía preocuparse únicamente por su propia supervivencia. El internacionalismo cubano se convirtió en una de las expresiones más extraordinarias de este principio.

En ningún lugar tuvo esto mayor trascendencia que en África. La intervención militar de Cuba en Angola contribuyó a defender la independencia angolana y desempeñó un papel decisivo en la lucha contra las fuerzas del apartheid sudafricano. Más de 2.000 cubanos perdieron la vida defendiendo la soberanía y el derecho de los pueblos del África austral a la autodeterminación y la libertad. El conflicto en África austral contribuyó directamente a la independencia de Namibia y aceleró el fin del apartheid en Sudáfrica. La importancia de esta historia es con frecuencia incomprendida y distorsionada en Occidente cuando las acciones de Cuba se reducen a la geopolítica de la Guerra Fría. Para Fidel, la solidaridad de Cuba era una expresión elemental de responsabilidad internacionalista.

El internacionalismo cubano se manifestó de manera similar en el ámbito de la salud. Cientos de miles de médicos y profesionales de la salud cubanos han trabajado en África, América Latina y el Caribe y en otras partes del mundo. Durante la epidemia de ébola en África Occidental y la pandemia de COVID-19, Cuba continuó esta tradición, enviando personal médico al extranjero incluso mientras la propia isla enfrentaba severas limitaciones económicas y materiales. Esto no era caridad. Era solidaridad. Y esa distinción importa. La caridad presupone una desigualdad entre quien da y quien recibe. El internacionalismo revolucionario parte de la premisa de que la vida humana tiene el mismo valor en todas partes.

Quizás una de las dimensiones más visionarias del pensamiento de Fidel fue su comprensión de la crisis ecológica. Durante su discurso de 1979 ante las Naciones Unidas, en representación del Movimiento de Países No Alineados, subrayó la destrucción continua y creciente del medio ambiente. En 1992, durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro, Fidel advirtió que la propia humanidad estaba amenazada por el colapso ecológico. Sus palabras fueron extraordinariamente premonitorias. Relacionó la inminente catástrofe ambiental con la estructura de la desigualdad mundial, argumentando que las sociedades industrializadas ricas surgidas del colonialismo y el imperialismo consumían una parte enormemente desproporcionada de los recursos del mundo, mientras gran parte del Sur Global permanecía sumida en la pobreza.

Esta fue una intervención crucial. Fidel se negó a considerar la destrucción ambiental simplemente como una consecuencia desafortunada del consumo individual. Situó la crisis ecológica dentro de la economía política del capitalismo, el colonialismo y el desarrollo desigual. La cuestión no era simplemente si las personas reciclaban lo suficiente o consumían menos. La cuestión era quién controla los recursos, quién los consume, quién se beneficia de su extracción, quién asume los costos ambientales y qué vidas son consideradas prescindibles. Su conclusión sigue siendo estremecedora: «Mañana será demasiado tarde para hacer lo que debimos haber hecho hace mucho tiempo».

Tres décadas después, la advertencia ha adquirido una urgencia aún mayor. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el aumento del nivel del mar, los fenómenos meteorológicos extremos, la degradación ecológica y la destrucción de los ecosistemas ya no son posibilidades lejanas. Son realidades que definen el siglo XXI. Fidel comprendió algo que sigue siendo fundamental: no puede existir una verdadera solución ecológica sin enfrentar la desigualdad mundial. Un mundo en el que una minoría consume enormes cantidades de recursos mientras miles de millones luchan por alimentos, agua, vivienda, atención sanitaria y energía no puede simplemente hacerse «verde» mediante ajustes tecnológicos.

La humanidad necesita una relación diferente con la naturaleza y una relación diferente entre los propios seres humanos. Como Fidel sostuvo en Río, la solución no consistía en negar el desarrollo a los pobres, sino en construir un orden económico internacional justo en el que los recursos y la tecnología pudieran distribuirse de acuerdo con las necesidades humanas y no en función de las ganancias.

En el centro de la cosmovisión de Fidel estaba la profunda convicción de que la historia no tenía por qué permanecer prisionera de las estructuras de explotación que han dominado la sociedad humana. Él imaginó un mundo libre de la dominación imperial, el racismo, el colonialismo, la pobreza y la explotación.

Fidel comprendía el poder de las fuerzas alineadas contra una transformación de semejante magnitud. Sabía que quienes se benefician de un orden injusto rara vez renuncian voluntariamente a sus privilegios. Pero también comprendía algo igualmente importante: los seres humanos hacen la historia. El Movimiento 26 de Julio lo demostró. La Revolución Cubana lo demostró. Las luchas de los pueblos de Asia, África, América Latina y el Caribe lo demostraron. Y las luchas actuales de los trabajadores, campesinos, pueblos indígenas, comunidades negras, mujeres, jóvenes y pueblos oprimidos continúan demostrándolo.

La alternativa no es la austeridad para los pobres mientras los ricos continúan consumiendo sin límites. La alternativa es una organización más racional de la sociedad humana, basada en la solidaridad y no en la competencia, en la cooperación y no en la dominación, y en las necesidades humanas y no en la acumulación privada. Por eso el pensamiento de Fidel sigue siendo relevante. No ofrece un modelo acabado para cada problema del siglo XXI. Tampoco debería transformarse el pensamiento revolucionario en un dogma.

Sin embargo, proporciona algo quizás más importante: un marco para formular las preguntas correctas. ¿Quién se beneficia? ¿Quién paga? ¿Quién controla los recursos? ¿Qué vidas son valoradas? ¿Quién tiene el poder de determinar el futuro? ¿Y qué tipo de sociedad es necesaria para que la humanidad sobreviva?

En ningún lugar es más visible la vigencia contemporánea del legado de Fidel que en la propia Cuba. A pesar de los esfuerzos incesantes del imperio por doblegar a Cuba a su voluntad —aislarla, empobrecerla y llevar a la Revolución a la derrota—, el pueblo cubano ha demostrado reiteradamente una extraordinaria resiliencia, determinación y valentía. Su firme defensa de la independencia y la dignidad de su patria es inseparable de la defensa de su propia libertad, dignidad y derecho a determinar su futuro. Una y otra vez, Cuba ha demostrado que la soberanía no es simplemente un principio jurídico, sino una práctica viva, sostenida por la voluntad colectiva y los sacrificios de su pueblo.

Hoy, el pueblo cubano continúa renovando y defendiendo su Revolución, enfrentando nuevos y profundos desafíos mientras procura preservar y profundizar sus conquistas sociales y sus aspiraciones emancipadoras. Cuba sigue siendo un ejemplo vivo de la posibilidad de construir una sociedad basada en la solidaridad, la justicia social, el cuidado mutuo y lo que Fidel describió como los valores de la fraternidad humana y el amor social. Su significado trasciende ampliamente sus fronteras, ofreciendo a la humanidad un poderoso recordatorio de que otro camino es posible: uno en el que los seres humanos y su bienestar colectivo estén por encima de la explotación, la dominación y la búsqueda implacable de ganancias.

Cuba está siendo puesta a prueba no en circunstancias ordinarias, sino bajo condiciones de extraordinaria presión externa. La cuestión es si una nación pequeña debe tener el derecho de determinar su propio sistema político y económico sin ser sometida a un castigo económico colectivo y a un cerco genocida por haber escogido un camino contrario a los intereses del Estado más poderoso del mundo. Para quienes creen en la soberanía nacional, el derecho internacional y el derecho de los pueblos a la autodeterminación, la respuesta debe ser clara. El pueblo cubano tiene derecho a determinar su propio futuro.

Y la solidaridad con Cuba debe significar más que admiración. Debe significar oposición a políticas que deliberadamente hacen más difícil la vida de la gente común con la esperanza de que el sufrimiento económico provoque una capitulación política. La lucha contra el bloqueo —el cerco genocida— es, por tanto, inseparable de la lucha más amplia por un mundo en el que la soberanía no esté reservada a los poderosos.

El legado de Fidel no consiste en que todo aquello en lo que creyó o toda decisión tomada bajo su liderazgo deba considerarse incuestionable. La historia revolucionaria nunca debe convertirse en hagiografía. La importancia de Fidel reside en otra parte.

Reside en la extraordinaria audacia de su propuesta central: que un país pequeño y económicamente dependiente podía romper con la dominación imperial; que el socialismo podía intentarse en el Caribe; que la educación y la salud podían ser consideradas derechos; que la solidaridad internacional podía situarse por encima de los cálculos geopolíticos; que los pueblos del Sur Global podían ejercer su capacidad de acción en la historia mundial; y que la humanidad podía imaginar un futuro más allá de la lógica capitalista de acumulación sin fin.

Fidel fue —y es—, por tanto, mucho más que un líder político. Fue —y es— un revolucionario en el sentido más pleno de la palabra: alguien que no solo imaginó otro mundo, sino que dedicó su vida a organizar a las personas para construirlo. Esa visión continúa inspirando a millones. Y continúa provocando a sus adversarios precisamente porque se niega a aceptar la idea de que no existe alternativa. La contribución más perdurable de Fidel puede ser, por tanto, su insistencia en que lo imposible a menudo no es más que aquello que los intereses poderosos nos han enseñado a considerar imposible.

Bertolt Brecht escribió sobre quienes luchan durante un día, quienes luchan durante un año, quienes luchan durante muchos años y, finalmente, sobre quienes luchan durante toda su vida. Como señaló Brecht: «Estos son los imprescindibles».

Fidel fue una de esas personas. Su vida atravesó las extraordinarias transformaciones del siglo XX y llegó hasta los albores del siglo XXI. Fue testigo del triunfo de los movimientos de liberación nacional, la derrota de los imperios coloniales, el ascenso y el colapso de los Estados socialistas, la intensificación del capitalismo mundial y la aparición de crisis ecológicas y tecnológicas que ahora amenazan el futuro de la humanidad.

Sin embargo, nunca abandonó la convicción de que otro mundo era posible. Esa convicción es quizás su legado más importante. Porque hoy, cuando la desesperanza suele presentarse como realismo y la resignación como sabiduría, el ejemplo de Fidel nos recuerda que la esperanza no es pasiva.

La esperanza debe organizarse. Un mundo mejor no surgirá automáticamente de las ruinas del presente. Hay que luchar por él. Hay que imaginarlo. Hay que construirlo.

El centenario de Fidel Castro, por tanto, no es una invitación a la nostalgia. El legado de Fidel no está sepultado en el pasado. Vive allí donde las personas se organizan para desafiar la injusticia y donde los seres humanos se niegan a aceptar la explotación y la dominación como el orden inevitable de las cosas. Recordar a Fidel significa enfrentarse a la pregunta que planteó a lo largo de toda su vida: ¿Qué estamos dispuestos a hacer para cambiar el mundo? La respuesta no puede encontrarse simplemente en los discursos. Debe encontrarse en la lucha.

El mundo que Fidel imaginó —un mundo libre de explotación, opresión, imperialismo, racismo, pobreza y guerra— aún no se ha alcanzado. Ese futuro permanece por escribir. Y, por tanto, la lucha continúa.

¡Fidel Presente! — ¡Hoy, mañana y siempre!

*Isaac Saney es profesor y especialista en Cuba y Estudios Negros, en Estudios y Historia de la Diáspora Africana Negra, en la Universidad de Dalhousie, Halifax, Canadá. También es miembro de la dirección de la Red Canadiense sobre Cuba.

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