Por Isaac Saney *
El 1 de mayo —Día Internacional de los Trabajadores—, mientras millones en toda Cuba marchaban en una celebración desafiante de la soberanía, la dignidad y la justicia social —y del sistema socialista que garantiza estos logros—, el régimen de Donald Trump optó por intensificar su guerra económica contra la heroica nación insular. Este momento no es casual. Es profundamente simbólico: una declaración imperial emitida precisamente el día en que el pueblo cubano reafirma públicamente su compromiso revolucionario ante el mundo.
La nueva orden ejecutiva promulgada no representa fortaleza, sino desesperación. Durante más de seis décadas, Estados Unidos ha llevado a cabo una campaña implacable para asfixiar la Revolución cubana —económica, política y socialmente—. Sin embargo, Cuba ha resistido. A pesar de un bloqueo de petróleo y combustible intensificado, la isla ha demostrado una resiliencia, creatividad e ingenio extraordinarios para sostener su sociedad bajo asedio.
La escalada contenida en la orden ejecutiva del 1 de mayo debe entenderse, por tanto, como una admisión de fracaso. El objetivo histórico de Washington —fracturar la unidad del liderazgo revolucionario cubano, erosionar el apoyo popular y, en última instancia, colapsar el proyecto socialista— no se ha materializado. Por el contrario, el compromiso de Cuba con la independencia, la soberanía y la justicia social se mantiene intacto y profundamente arraigado en su pueblo.
Así, Washington busca criminalizar la supervivencia mediante la expansión de la guerra económica. La orden ejecutiva amplía drásticamente el alcance de las sanciones, apuntando prácticamente a todos los sectores de la economía cubana —energía, finanzas, minería y más—. También extiende medidas punitivas de carácter extraterritorial, amenazando a instituciones financieras extranjeras que interactúan con Cuba. Si bien la extraterritorialidad existía en legislaciones anteriores —como la Ley Helms-Burton de 1996—, la nueva orden ejecutiva de Trump representa una escalada peligrosa del cerco económico: no solo un intento de aislar a Cuba, sino un esfuerzo por imponer el cumplimiento global mediante la coerción. Es la guerra económica en su forma más amplia y punitiva.
Una cuestión que ahora se plantea es si la asistencia humanitaria está siendo directamente objeto de ataques. De manera crucial, la orden ejecutiva también criminaliza el apoyo material al establecer que “la realización o recepción de cualquier contribución de fondos, bienes o servicios… está prohibida”. Este lenguaje tiene implicaciones de gran alcance. Señala un intento de estrangular no solo las relaciones entre Estados, sino también la ayuda humanitaria y la solidaridad. Una de las disposiciones más alarmantes se refiere a las donaciones de alimentos, ropa y medicamentos. La orden establece explícitamente que tales donaciones pueden ser prohibidas si se considera que “perjudican gravemente” los objetivos de la política de Estados Unidos. Esto no constituye una prohibición total y universal de toda ayuda humanitaria, pero otorga amplios poderes discrecionales para prohibirla en la práctica, especialmente cuando los destinatarios se consideran vinculados al Estado cubano o a entidades sancionadas.
En efecto, esto crea una realidad inquietante: la ayuda humanitaria puede bloquearse por motivos políticos; los esfuerzos de solidaridad pueden ser criminalizados; y necesidades básicas —alimentos, medicinas, ropa— se convierten en instrumentos de coerción geopolítica. Esto no es simplemente una política: es la instrumentalización del sufrimiento humano.
El alcance de la orden ejecutiva plantea una pregunta urgente y preocupante: ¿se está preparando Washington para atacar directamente al movimiento de solidaridad con Cuba? ¿Es este un nuevo frente en la guerra contra Cuba? El lenguaje sobre “apoyo material” es lo suficientemente amplio como para implicar potencialmente a organizaciones solidarias, activistas, grupos humanitarios e individuos que envían ayuda o participan en esfuerzos de cooperación.
Dado el creciente apoyo a Cuba —tanto a nivel internacional como dentro de los propios Estados Unidos—, esto no resulta sorprendente, considerando la profundización de la hostilidad del imperialismo estadounidense. El movimiento de solidaridad ha expuesto cada vez más el costo humano y la bancarrota moral del bloqueo. En lugar de reconsiderar una política fallida, la respuesta parece ser la escalada —y posiblemente la represión.
Irónicamente, mientras Estados Unidos intenta aislar a Cuba, es Washington quien se encuentra cada vez más aislado. La comunidad internacional ha condenado repetidamente el bloqueo, y muchos Estados continúan brindando apoyo material y político a Cuba.
Desde acuerdos bilaterales de cooperación hasta campañas de solidaridad de base, la resistencia global a la política estadounidense se expande. Las manifestaciones del Primero de Mayo en Cuba —a las que asistieron delegaciones internacionales— fueron una prueba visible de esta solidaridad duradera.
Frente a la resiliencia de Cuba y al apoyo global creciente, la desesperación del imperio ha aumentado, y esta desesperación eleva el riesgo de una escalada militar.
La historia enseña que las estrategias imperiales fallidas suelen dar paso a formas más peligrosas de agresión. La incapacidad de lograr un cambio de régimen mediante el estrangulamiento económico podría provocar alternativas más temerarias. Esta es la mayor preocupación: que la frustración en los círculos de política estadounidense conduzca a una agresión militar directa. Tal acción no solo sería catastrófica para Cuba, sino que desestabilizaría la región y pondría aún más en evidencia las contradicciones de las afirmaciones estadounidenses de defender el derecho internacional y la democracia.
De hecho, la resistencia de Cuba ha intensificado la crisis del imperio. La orden ejecutiva del Primero de Mayo no es una demostración de poder, sino una manifestación de esa crisis. Refleja un imperio incapaz de aceptar la persistencia de una pequeña nación que se niega a someterse. La resiliencia revolucionaria de Cuba —su capacidad para sobrevivir, adaptarse y seguir afirmando su soberanía— ha hecho ineficaces décadas de política estadounidense. La respuesta, en lugar de la reevaluación, es la escalada: profundizar el sufrimiento humano mediante la guerra económica, criminalizar la solidaridad global y amenazar con la agresión militar.
En este contexto, el significado del Primero de Mayo se vuelve aún más claro. Mientras Washington emite y celebra órdenes de coerción, el pueblo cubano —y sus compañeros y aliados en todo el mundo— continúa afirmando una visión diferente: basada en la dignidad, la resistencia y la solidaridad internacional.
La lucha, lejos de extinguirse, se intensifica, y también lo hace el reconocimiento global de que la resistencia de Cuba no es solo supervivencia, sino un profundo desafío a la lógica del imperio y una inspiración para quienes aspiran a crear un mundo nuevo, mejor y más justo.
* Isaac Saney es profesor y especialista en estudios sobre Cuba y la diáspora africana en el campo de los estudios de la diáspora negra africana e historia en la Universidad de Dalhousie, Halifax, Canadá. También es miembro del comité ejecutivo de la Red Canadiense sobre Cuba.
