Por Isaac Saney*
El 6 de octubre de 2016 se cumple el 50.º aniversario del horrendo atentado terrorista contra el vuelo 455 de Cubana de Aviación. En el hemisferio occidental, este fue el primer y sigue siendo el único atentado con bomba contra un avión civil en pleno vuelo. Este acto abominable, que provocó la muerte de los 73 pasajeros y tripulantes que se encontraban a bordo, constituye uno de los ejemplos más notorios del terrorismo contra Cuba perpetrado por violentos contrarrevolucionarios. El derribo del vuelo 455 fue concebido y organizado por los terroristas anticubanos Orlando Bosch y Luis Posada Carriles, ambos con vínculos de larga data con los servicios de inteligencia estadounidenses. Estos individuos estaban motivados por un profundo odio hacia el proyecto revolucionario cubano y por el deseo de castigar al pueblo cubano por atreverse a seguir un camino independiente y soberano.
Este atentado terrorista no fue un incidente aislado, sino parte de una campaña más amplia, de más de seis décadas de duración, de desestabilización y agresión contra Cuba, orquestada por fuerzas decididas a socavar la Revolución Cubana. Desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, Estados Unidos ha atacado incesantemente al pueblo cubano mediante medios tanto militares como económicos. Estas acciones han incluido la organización de una invasión, intentos de asesinato, atentados terroristas contra civiles y sabotaje económico sistemático. Muchos de estos actos fueron planificados o emprendidos directamente desde territorio estadounidense. Hasta la fecha, estos actos de terrorismo han provocado la muerte de, al menos, 3.478 cubanos y heridas a otros 2.099. En 1997, una serie de atentados con bombas contra hoteles de La Habana acabó con la vida de Fabio Di Celmo, un joven montrealés de ascendencia italiana.
Como se ha señalado, el atentado terrorista contra Cuba del 6 de octubre de 1976 formó parte de una campaña más amplia contra la Revolución Cubana: intentos de asesinato, sabotajes, ataques contra objetivos civiles, incursiones armadas, guerra biológica y económica, y un bloqueo económico diseñado para socavar las bases materiales de la sociedad cubana. La historia no consiste simplemente en actos aislados cometidos por individuos. El acto de terror del 6 de octubre de 1976 formó parte de la Operación Cóndor, una campaña regional más amplia dirigida contra movimientos progresistas de toda América Latina, respaldada por Washington. Estos esfuerzos pretendían someter cualquier desafío a la hegemonía estadounidense en la región y aplastar las aspiraciones de los pueblos que luchaban por la autodeterminación y la justicia. Los propios documentos estadounidenses desclasificados documentan la profunda interrelación entre el conflicto cubano, las operaciones de inteligencia estadounidenses y la lucha regional más amplia en torno a Cuba y su ejemplo revolucionario.
Terrorismo de Estado y genocidio normalizados
Incapaz de derrotar a la Revolución Cubana después de más de 60 años de guerra económica y campaña de desestabilización, esta guerra económica y campaña de desestabilización se ha traducido ahora en un asedio genocida. La estrategia estadounidense pretende negar y extinguir el derecho de Cuba a la autodeterminación, la soberanía y la independencia, con el objetivo último de restablecer la dominación, hegemonía y control de Estados Unidos. La estrategia busca llevar a la población cubana a la sumisión mediante el estrangulamiento de la economía, la creación de escasez y penurias, y la profundización de las desigualdades sociales que la Revolución Cubana ha trabajado persistentemente por abordar. El objetivo es provocar el malestar social que Washington desea tan desesperadamente, lo que proporcionaría un pretexto para una intervención estadounidense en Cuba.
Esta intención fue expuesta claramente por Lester D. Mallory, entonces subsecretario adjunto de Estado y uno de los arquitectos de la política estadounidense hacia Cuba. En un memorando ahora desclasificado y tristemente célebre, fechado el 6 de abril de 1960, afirmó:
“La mayoría de los cubanos apoyan a Castro… El único medio previsible para debilitar el apoyo interno es mediante el desencanto y la desafección basados en la insatisfacción y las dificultades económicas. Deben emprenderse rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba, negando dinero y suministros a Cuba, reduciendo los salarios monetarios y reales, provocando hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno.”
Por tanto, el significado del 6 de octubre de 1976 trasciende a Cuba. Nos obliga a plantearnos una pregunta más fundamental: sus crímenes ante la comunidad internacional. Cuando un genocidio se normaliza, las puertas se abren a otros. Así es como reaparece el fascismo.
El peligro definitorio de nuestro momento actual no es simplemente que los Estados cometan actos de terror. Los Estados lo han hecho a lo largo de la historia moderna. El peligro radica en que prácticas que antes eran condenadas públicamente como excepcionales son presentadas cada vez más como instrumentos rutinarios, legítimos y necesarios de la política exterior. Las ejecuciones extrajudiciales, el castigo colectivo, la guerra de asedio, el desplazamiento masivo y la destrucción deliberada de infraestructura civil se están estandarizando, sistematizando y normalizando en todo el mundo. Esto recuerda la observación del poeta e intelectual martiniqués Aimé Césaire sobre la expansión y universalización de la barbarie colonial europea.
Esto resulta particularmente evidente en el orden imperial occidental. El poder imperial se reserva para sí el derecho de determinar qué vidas pueden ser extinguidas en función de sus objetivos políticos.
Precisamente por eso importa la memoria de Cubana 455.
¿Qué ocurre cuando el terrorismo y el genocidio dejan de considerarse una violación excepcional del orden internacional y pasan a normalizarse como un instrumento de ese mismo orden?
Vivimos ahora en una era en la que las potencias imperiales occidentales —particularmente Estados Unidos— han normalizado y convertido en rutinario el terrorismo de Estado (un claro ejemplo es la destrucción ilegal de embarcaciones pesqueras en el mar Caribe y el océano Pacífico, que ha causado la muerte de más de 200 personas) y el uso del genocidio para promover objetivos imperiales. De hecho, el terrorismo de Estado y el genocidio ya no son simplemente opciones y prácticas políticas abiertas, sino que, en realidad, constituyen un rasgo fundamental e inevitable del imperialismo en el siglo XXI. El presidente cubano Miguel Díaz-Canel subrayó:
“Los verdugos de Gaza, Irán y Cuba no pueden seguir amenazando, bombardeando y saqueando, para luego jactarse de sus crímenes ante la comunidad internacional. Cuando un genocidio se normaliza, las puertas se abren a otros. Así es como reaparece el fascismo.”
No debemos recordar el 6 de octubre de 1976 simplemente como una atrocidad perteneciente a un pasado lejano de la Guerra Fría. Debemos recordarlo como una advertencia que conserva toda su vigencia.
Hace cincuenta años, un avión civil fue destruido porque sus pasajeros estaban asociados con una sociedad que había elegido un camino revolucionario e independiente. Hoy, las tecnologías y las instituciones de coerción se han vuelto mucho más sofisticadas. Los sistemas financieros, los regímenes de sanciones, los drones, la vigilancia, las armas de precisión, el poder naval y la guerra de la información permiten a los Estados ejercer una violencia enorme mientras crean una distancia física y psicológica respecto de sus consecuencias.
Y, sin embargo, hay otra lección en la historia del vuelo 455 de Cubana: Resiliencia, resistencia y determinación revolucionaria. Cuba no se ha rendido. El terror no destruyó la Revolución Cubana. Tampoco lo hizo la invasión. Tampoco los intentos de asesinato. Tampoco el sabotaje. Tampoco seis décadas de guerra económica.
El objetivo planteado en Washington hace más de sesenta años —generar hambre, desesperación y el derrocamiento político— no se ha alcanzado. En cambio, Cuba ha continuado defendiendo su soberanía y su derecho a determinar su propio futuro político y social.
Los enormes costos sociales y económicos del asedio genocida de Washington son enormes. Ningún pueblo debería ser sometido al estrangulamiento económico por haber elegido un camino político inaceptable para una potencia extranjera. El derecho a la autodeterminación no puede estar condicionado a la conformidad con los intereses imperiales.
Honramos la memoria de las víctimas de la tragedia del 6 de octubre de 1976 permaneciendo junto al pueblo de Cuba en la defensa de su derecho a la autodeterminación, libre de violencia e injerencia externa.
¡Justicia para las víctimas del terrorismo!
¡Fin al bloqueo de Estados Unidos contra Cuba!
¡No al genocidio!
¡Viva la Revolución Cubana!
* Isaac Saney es profesor y especialista en Cuba y en Estudios Negros Africanos y de la Diáspora Africana, así como en Historia, en la Universidad Dalhousie, Halifax, Canadá. También es miembro de la dirección de la Red Canadiense sobre Cuba.
