Revolución bien plantada en la tierra de nuestros amores
Aunque mi abuelo medía 1,80, poseía la complexión nervuda de aquellos isleños radicados en la Isla, jamás desprendía del cinto su paraguayo y plantaba una cólera aquiliana, nada pudo hacer cuando los guardias rurales lo desalojaron, con la familia toda, del bohío montado en unas tierras que, presuntamente, le pertenecían a algún latifundista.
El hombre, su esposa, mi madre y el resto de los hermanos vieron cómo aquellos soldados, por mandato de algún político, los echaban a la guardarraya, a merced de la intemperie y el hambre.









